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Vía Tres Arroyos / Literatura

Pinceladas literarias: "La zanja"

Un cuento de Valentina Pereyra.

Pinceladas literarias: "La zanja"
Guantes boxeo (Meta IA)
autor avatarRedacción Vía Tres ArroyosSeguinos enGoogle
04 de abril de 2026, 22:02
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Vía Tres Arroyos te presenta una nueva entrega de Pinceladas literarias, la sección a cargo de Valentina Pereyra, en esta ocasión con un nuevo cuento de su autoría.

LA ZANJA

Dos montañas de tierra y escombros se alzaban frente a mí casa a un lado y al otro de una zanja profunda que, aunque no llegaba a los tres metros de profundidad, a mí me parecía el lugar perfecto para espiar qué había del otro lado del mundo. Tres líneas paralelas que dificultaban el tránsito, la visión y la belleza: la ruta 228 y sus dos carriles angostos; los tres sauces llorones en hilera; la zanja por donde pasarían las cloacas.

A los saltos yo recorría las tres líneas paralelas. Las zapatillas Flecha blancas perdían los cordones entre los gusanos sedientos y las raíces muertas. Las medias se enganchaban en los troncos descascarados de los sauces que, de durar unos días más la obra, morirían de pie como todos los árboles. La pollera tableada cuadrillé rojo, azul y verde que levantaba el aire por el paso de autos y camiones.

Llegar hasta el borde de la ruta me daba miedo. Años después vería películas policiales donde se investigaban cuerpos tirados a la vera de rutas desérticas. El ahogo y las palpitaciones aparecían - y aparecen-cada vez que me acercaba a la 228, la ruta prohibida.

Desde la cima del sauce llorón más alto podía ver pasar el mundo. La zanja cambió el paisaje de la cuadra de mi casa y la perspectiva que tuve-y aún conservo- de que las distancias entre tres líneas paralelas son directamente proporcionales a las distancias entre tres puntos ciegos en mis recuerdos: cuánto de miedo le tuve a que me pisara un auto si cruzaba la ruta; cuánto de miedo le tuve a los bichos canastos que colgaban de los sauces; cuánto de miedo le tuve a que mi mamá me tirara a la zanja junto con los guantes de boxeo de mi padre.

Podría precisar la fecha en que el sistema de cloacas pasó por la puerta de mi casa. Podría precisar el tiempo que tardaron los obreros municipales en zanjear y colocar los caños de hierro fundido (material resistente, pero corrosivo, con el que en los años setenta se construían las tuberías de desagües y cloacas). Podría precisar el día en el que mi madre tiró unos guantes de boxeo dentro de una caja de cartón a la zanja, y al golpear contra con los caños de hierro fundido la caja se abrió y los guantes quedaron desparramados entre toscas y desechos.

Ya había oscurecido y hacía frío ―o eso me gusta creer― porque cuando mamá abrió la puerta de entrada una ráfaga helada entró y me voló el flequillo. Habíamos estado jugando con mi hermana toda la tarde a la venta de ropa, a las visitas y a pasear con nuestros bebés por la plaza. Habíamos transformado el garaje en diferentes locaciones según las escenas que eligiéramos representar. Habíamos guardado todos los juguetes en los dos cajones de manzanas en los que mamá quería que los metiéramos en orden.

En el medio de ambos cajones, papá había puesto una caja de cartón ― de las que contenían latas de duraznos ― llena de guantes de boxeo y propuso un juego: desde cierta distancia embocar los juguetes en los cajones de manzanas sin que cayeran en la caja del medio. Igual, aunque papá no hubiera puesto esa condición, no nos hubiéramos acercado mucho porque el olor que salía de adentro de la caja era nauseabundo.

El día en el que mi mamá se deshizo de los guantes de boxeo papá había ido a entrenar a sus pupilos ―así era como él los llamaba― y mi mamá nos sirvió la cena más temprano. Ella decía: Tu padre va a llegar a cualquier hora, mejor que coman temprano y vayan a dormir. Mañana nos la levanta nadie. Yo no sé, eso sí que no lo podría precisar, no sé si ese día papá llegó más temprano o sí mamá hizo la cena más tarde, solo sé que mi hermana y yo todavía no nos habíamos ido a acostar cuando escuchamos crujir el portón del garaje ―hacía meses había perdido una bisagra― y, a pesar de que mamá ya se lo había pedido muchas veces, papá no lo había arreglado.

El motor del auto se apagó en el garaje mientras mamá terminaba de juntar los platos y nos mandaba a lavarnos los dientes. Papá entró con la caja de los guantes abajo del brazo y la apoyó arriba de la mesa. Mi mamá tenía ―y tuvo hasta su muerte― muchas fobias: a las bacterias, a los virus, a los hospitales. Para ella, esa caja de cartón era un cultivo de ácaros y “mugre”.

En la tele, los cantantes de “Música en Libertad” (fue un programa musical emitido por Canal 9 entre 1970 y 1974) iban a una pausa y la nena de Dánica Dorada empezaba a dar saltos por la vereda: Era para untar, era para untar, decía. Mi papá con los brazos en jarra sonrió frente a la tele y dijo que la nena le hacía acordar a mí porque yo nunca recordaba qué me mandaban a hacer. No quise decirle que siempre sabía lo que me mandaban a hacer, pero que había aprendido a temprana edad que los olvidos son más sanadores que los recuerdos.

Mi mamá giró con las manos todavía chorreando jabón de detergente. Suspiró y dijo: ¿Qué haces? Nosotras habíamos llegado al comedor que, escalera mediante, nos conectaba con el baño del primer piso. Podría precisar que aquella pregunta estuvo acompañada de un grito. Un grito poderoso, finito, aullado. Podría precisar que esa noche fría mi papá hizo silencio. Podría precisar que nos asomamos por la puerta que habíamos dejado entreabierta y vimos a mi papá subiendo el volumen del televisor.

Mi hermana me dio la mano y yo le dije que nos quedásemos escondidas debajo de la mesa. Pero no habíamos alcanzado a meternos cuando volvimos a escuchar otro grito y palabrotas de esas que mamá decía cada vez que hablaban de los boxeadores y del Centro Estrada y de los guantes que estaban guardados en la caja con olor nauseabundo.

Tan fuerte cantaban los músicos de “Música en Libertad” que, juro que esto ocurrió, los vidrios de la vitrina, la que teníamos en el comedor, vibraron e hicieron tintinear a las copas estaban ahí guardadas. El silencio de mi papá hizo más ruido que los gritos de mi mamá. La luz del comedor estaba apagada, así que la oscuridad se nos metió en los ojos y nos dejó ciegas. Hasta que mamá abrió la puerta de la cocina y la luz irrumpió.

A los empujones sacó a papá del frente del televisor y después con las manos todavía enjabonadas trataba de levantar la caja de cartón con los guantes de boxeo. Mi papá la agarró del brazo y la empujó ―en mis recuerdos no muy fuerte, pero ¡vaya a saber! ― y le pidió que se dejara de joder. Él se ocuparía de pasarle lavandina a la mesa, dijo, y se llevó la caja para el garaje.

Nosotras salimos de debajo de la mesa y nos paramos entre la luz de la cocina y la oscuridad del comedor. Mamá hizo un gesto para que nos fuéramos y salió para el lado del garaje. Al rato, volvió con la caja de guantes, que sostenía contra el pecho, pasó por al lado nuestro y nos ordenó prender la luz. Trepó la montaña de tierra y escombros que se levantaba frente a mí casa sobre la zanja y revoleó la caja.

Lo que siguió no podría precisar si lo soñé o sí pasó. Mi papá salió detrás de ella. Nos llevaba colgando de sus pantalones Adidas azules. Habíamos alcanzado a agarrarnos de él como cuando se tironea de la soga en la cinchada para evitar que el equipo contrario gane. Los tres cruzamos el umbral de la puerta de entrada y el escalón del porche, pero mi mamá ya estaba bajando por los montículos como si jugara en un tobogán hasta caminar haciendo equilibrio sobre los caños de hierro fundido.

Juntaba un guante y lo tiraba para el lado de los sauces llorones; agarraba otro par y lo revoleaba para el lado de la ruta; pateaba con fuerza para arriba otros ya impregnados de hojas, lodo y bichos bolita. Papá nos pidió que no nos moviéramos de ahí y saltó a rescatarla ―esa palabra me sale ahora― para que no siguiera contaminándose con las bacterias, los virus y los ácaros que tanto le molestaban.

Podría precisar que fue ese día en el que el miedo fue proporcional a los guantes colgando como frutas maduras de las ramas de los tres sauces llorones; a los guantes muriendo una y otra vez aplastados por las ruedas de los autos y camiones; a los guantes enterrados para siempre en la zanja que trajo el servicio de cloacas a mi casa.

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