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Vía Tres Arroyos / Literatura

Pinceladas literarias: "El tren de las 18", un cuento de Lidia Mora

Sección y selección a cargo de Valentina Pereyra.

Pinceladas literarias: "El tren de las 18", un cuento de Lidia Mora
Tren (Lidia Mora)
autor avatarRedacción Vía Tres ArroyosSeguinos enGoogle
23 de mayo de 2026, 20:18
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Vía Tres Arroyos te presenta una nueva entrega de Pinceladas literarias la sección a cargo de Valentina Pereyra.

En esta oportunidad con un cuento de Lidia Mora del taller Claraboya Literaria.

El tren de las 18

La primera vez que los vi fue en un agosto helado. Mientras estaba acomodando el carro para las encomiendas lo vi a Alberto, un hombre de mediana edad con un sobretodo marrón, parado bajo uno de los faroles del andén. Esperaba el tren de las 18 que venía de Buenos Aires. Llevaba boina de un marrón más oscuro que el abrigo y alpargatas de yute con medias negras. Se lo veía corpulento pero por su postura cansada parecía más pequeño. Miraba el suelo o sus pies, no lo sé. Cuando se escuchó la bocina del tren, levantó la mirada, enderezó su espalda y a mis ojos creció en altura y ancho.

El tren se detuvo y los pasajeros empezaron a colmar el andén, y entre viajantes y acompañantes la estación tomó vida. Se mezclaban las voces con el ruido de la locomotora aún encendida, las ofertas de taxis, las bienvenidas y los carros que llevaban las encomiendas a mi oficina del correo. Cuando el andén comenzó a tener calma, bajó Juan, flaco como una espiga. Tenía una boina negra, un jean azul, zapatillas de lona blancas y una campera verde musgo.

Se saludaron con Alberto con un movimiento de cabezas y se sentaron juntos en el banco frente a mi ventana. Durante veinte minutos no se dijeron nada, solo se mantenían uno al lado del otro, mirando el vagón del tren, con las piernas cruzadas en los tobillos. Juan sacó tabaco y Alberto prendió la pipa con un fósforo y luego de una bocanada lo miró con aprobación. Ahí comenzaron a hablar, pausado, lento, dueños del tiempo.

Alberto le dio una palmada en la espalda, Juan sonrió y en el mismo momento el andén empezó a poblarse de nuevo; el tren volvía a Buenos Aires. La locomotora rugió y fue entrando despacio, los señaleros daban indicaciones y el maquinista detuvo la marcha.

La gente fue subiendo y acomodando sus valijas, se sentían los ruidos de las ventanas abriendo y cerrando, y el carro con las encomiendas que iban a Buenos Aires hacía rechinar sus ruedas. El guarda comenzó a anunciar con su silbato que el tren estaba pronto a partir. Juan se puso en pie, Alberto lo hizo un poco más lento, con una mueca de dolor. Luego sacó del abrigo un paquete pequeño envuelto en papel madera con un lazo verde y se lo entregó.

Se dieron un abrazo breve, se saludaron con un movimiento de cabezas y Juan subió al tren. Alberto caminó hacia la salida de la estación con la cabeza gacha y el paso lento, y se quedó mirando desde la entrada hasta que el último vagón salió de su vista.

La segunda vez que los vi fue en octubre. Alberto llegó a la estación minutos antes de las 18 y se sentó en el banco que está frente a mi ventana. Llevaba una camisa a cuadros de felpa y un cárdigan azul marino. Juan bajó del tren, se saludaron con un movimiento de cabezas y se sentaron. Alberto prendió su pipa y comenzaron a hablar, pausado, lento, seguían siendo dueños del tiempo.

Llegadas las veinte, con los anuncios del guarda, se pararon; Juan sacó un paquete envuelto en papel madera con un lazo verde y se lo entregó; se dieron un breve abrazo, se saludaron después con un movimiento de cabeza y Alberto caminó hacia la salida de la estación con paso lento. Juan subió al vagón casi con el tren en movimiento y cerró la puerta.

Un martes de mayo, Alberto llegó temprano a la estación; traía un bastón de madera donde dejaba descansar el peso del cuerpo del lado izquierdo. Se sentó en el banco que está frente a mi ventana con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos. Cuando escuchó la sirena del tren se tomó del apoyabrazos y con el impulso del bastón fue levantándose despacio.

Juan bajó del tren, se abrazaron brevemente y después ayudó a Alberto a sentarse. Sacó de su bolso, como en cada encuentro, un paquete de tabaco, Alberto sacó la pipa y fumaron en silencio. Juan lo ayudó a acomodarse el poncho que caía de uno de sus hombros. Ya cercano el horario de partida, Alberto se paró tomado del brazo de su hijo, lo miró a los ojos y golpeó su mejilla amablemente.

De perfil parecían una copia, el antes y el después con más canas y arrugas, con más historias que contar, con más dolores que ocultar. Alberto sacó de abajo del poncho un paquete envuelto en papel madera con un lazo verde; se lo entregó y con el silbato anunciando la partida caminó después hacia la salida de la estación con la cabeza gacha y el paso lento. Juan subió al tren; se quedó parado en los escalones hasta que la estación quedó fuera de su vista.

El último día de agosto llegó el tren de las 18. Cuando ya no quedaba más nadie, Juan bajó del tren. Se sentó en el banco con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos. Miraba sus pies. Lo noté pensativo durante un rato, mirando el espacio que quedaba en ese banco. Del bolso sacó el tabaco y una pipa. Frotó el fósforo contra la pared, encendió la pipa, dio la primera bocanada y sonrió.

Saboreó el humo, jugó con él y ajustó su bufanda a cuadros. Cuando llegó el tren que regresa a Buenos Aires, esperó a que el guarda tocara el silbato avisando que estaban prontos a partir para vaciar la pipa y guardarla en su bolsillo. Del abrigo sacó un paquete envuelto en papel madera con un lazo verde y lo dejó en el banco.

Saludó con un movimiento de cabeza y se subió al vagón. Cuando el tren comenzó a moverse me acerqué y tomé el paquete. Aún lo tengo guardado. Más de una vez sentí la tentación de abrirlo, pero todavía no tuve el coraje para hacerlo.

En el paquete tiene escrito “Para Alberto de Juan”. Cada semana espero ver a Alberto; que se siente en el banco frente a mi ventana a esperar a Juan a que baje del tren de las 18.

Sobre la autora

Naci el 8 de agosto de 1979. De carpintera y fotógrafa a trabajar en sistemas. Participio de un taller de escritura desde el 2021. Me gusta contar historias y llevar imágenes a los cuentos.

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