Pinceladas literarias: "Sanguches de carne"
Un cuento de Valentina Pereyra.


Vía Tres Arroyos te presenta una nueva entrega de Pinceladas literarias la sección a cargo de Valentina Pereyra. En esta ocasión con un nuevo cuento de su autoría.
Antonio, presidente del club del barrio del Bosque, levanta el caño y lo clava en el centro del terreno. Sus colaboradores entierran el resto de la estructura metálica alrededor. Mira al cielo y suspira. Dobla la espalda y apoya las manos en las rodillas tratando de recuperar el aire. No tiene edad para hacer ese esfuerzo, pero tampoco tiene alternativa. Está en la institución desde los cinco años, cuando su abuelo, fanático del “zorro”, lo llevó por primera vez.
Pedro, el tesorero, le palmea la espalda y dice: Vamos, vamos. Entre los dos arrastran la lona de camión que les prestó uno de los socios. Al rato, los jugadores del equipo de fútbol, los entrenadores y algunos hinchas que han llegado para colaborar van y vienen por el terreno que la Municipalidad les asignó para armar el fogón.
Dos meses atrás, el día que recibieron la notificación judicial del remate, decidieron presentarse en la licitación para explotar un fogón en la Fiesta del Trigo: la principal fiesta popular del pueblo. Los dirigentes ofrecieron el dinero que habían obtenido con la venta de las tribunas y de la máquina para cortar el pasto.
Salieron últimos, pero de todas maneras lograron un lugar, y aunque fuera el más oscuro y el más alejado dentro del predio, era un lugar. La carnicería del barrio les fío el manto, el vacío, el matambre y la entraña. Los chorizos se los compraron a un vecino. Y al pan lo consiguieron a cambio de la venta del horno eléctrico de la cantina.
La Justicia ya había fijado fecha para el remate: faltan ahora dos días.
El viernes, a la mañana temprano, antes de que amaneciera, Antonio, Pedro y los otros miembros del club llegaron al predio donde se realizaría el festival y empezaron a armar la estructura del fogón. Los más jóvenes cargaron al hombro los tablones que apoyaron sobre caballetes y los convirtieron en mesas dispuestas en forma de u.
Antonio estiró las lonas sobre los caños y armó un tinglado improvisado; los jugadores del equipo de fútbol estiraron las sogas y las ataron a los caños formando así las esquinas del fogón; Antonio acarreó las herramientas, maderas, fierros, parrillas y todo lo necesario para los tres días que duraría el evento; Pedro y su hijo, también jugador del club, clavaron en el centro del fogón, y en ronda, los cinco asadores que habían conseguido.
Estaban al lado de las vías y atrás de un álamo cuyas ramas tapaban el único foco del poste de luz. Los jugadores más jóvenes escribieron en la pizarra los precios del choripán, del sanguche de carne de vaca, del de bondiola, el de vacío y el de matambre y de la bebida; desparramaron sillas y mesas, las que habían sacado de la cantina del club; cortaron las servilletas de papel y las doblaron, y apilaron los vasos plásticos. Antonio trajo a su cuñado y entre los dos empezaron a prender el fuego.
El jueves, la Municipalidad había enviado una alerta de tormenta a los medios locales. El inspector general a cargo del control y la seguridad del predio pasó el viernes al mediodía, cuando ya los puestos estaban todos instalados, y fue explicándoles la situación a cada uno de los puesteros. Les pidió que estuvieran alertas al clima por si tenían que desconectar la electricidad o tapar las heladeras.
Antonio, Pedro y los otros miembros del club siguieron armando los asadores alejados de pantallas y novedades. Si vendían cada noche toda la carne y los choripanes podrían ofrecer más que otros oferentes en el remate. Para asegurarse de que ese rincón oscuro del predio no les jugase una mala pasada, mandaron a los pibes de las inferiores a que repartieran volantes.
Aunque las redes de los medios locales publicasen la placa oficial de la alerta amarilla que se extendería en los próximos días, el viernes a la noche la temperatura era agradable, y la gente paseaba en camisa, remera de manga corta y en sandalias. La música sonaba en el escenario mayor ubicado en el centro del predio. Dos locutores anunciaban los espectáculos de esa noche e invitaban al público a sentarse en las gradas dispuestas frente al escenario. Los primeros acordes resonaron más fuerte en las dos cuadras aledañas al palco principal y se filtraron por los parlantes colocados a lo largo de las calles que arman el circuito.
La música de la banda de rock que abrió el espectáculo no llegaba hasta donde ellos estaban ubicados. Así que Pedro puso su Ford Falcon de culata y encendió la radio local que trasmitía en directo. Los pibes de las inferiores vociferaban entusiasmados frente al fogón e invitaban a todo el que pasaba por el frente a sentarse y a probar el mejor asado de Tres Arroyos.
El sábado amaneció nublado. El entrenador del equipo de primera y su ayudante llegaron antes que nadie. Destaparon las heladeras que habían cubierto por si venía tormenta, removieron las cenizas, limpiaron con lavandina los tablones y descargaron más leña. A las ocho y media llegó el carnicero con el pedido para ese día y les trajo un freezer para que guarden los que les quedase sin vender. Los tres hablaron del clima, de la alerta amarilla y de cómo la Municipalidad exageraba las medidas preventivas.
—Ni una nube. Ni una —dijo el carnicero.
—Le pifian los del pronóstico, le pifian siempre—dijo el entrenador.
Al mediodía no anduvo mucha gente. Vendieron unos sanguches de carne y choripanes a los pibes del club que se acercaron para colaborar. Los caminantes pasaban de largo. La lonas raídas y desteñidas y los pocos asadores no hacían atractivo al lugar. Más bien parecía un campamento improvisado. Pero los pibes del club no estaban dispuestos a ver a su cancha convertida en un barrio privado.
Habían escuchado al entrenador hablar con Antonio sobre la inmobiliaria que quería esas tierras. Así como repartían patadas a diestra y siniestra en los partidos que se les presentaban duros, así harían para defender la cancha que era suya. Los más chicos iban al club después de la escuela para hacer los deberes. La mujer de Antonio era maestra y se había ofrecido a ayudar a los más chiquitos.
Los futbolistas que iban a la secundaria a la tarde entrenaban en el primer turno matutino y comían en la cantina del club lo que cocinaba el canchero que también era cantinero. La Municipalidad les había dado un subsidio para que pudieran dar de almorzar a los jugadores. No tenían más amigos que los otros compañeros. No tenían más comida que la que les daban en el club. No tenían un lugar en el mundo más que esa cancha. Por eso, si tenían que caminar toda la noche por el predio para atraer a la gente al fogón lo iban a hacer.
A uno de los de la primera se le ocurrió entregarle un folleto al intendente en el momento en que pasaba por al lado.
—Venga, intendente. Va a comer como los dioses. Traiga a sus amigos.
Al rato, el intendente y su comitiva, llegaron al fogón del club y coparon todas las mesas. Compraron sanguches y choripanes para comer ahí y también se hicieron envolver bandejas con entraña y manto para llevar a su casa. Los chicos charlaban con los políticos que les preguntaban en qué posición jugaban, a qué escuela iban, si les gustaba el club y cómo querrían que ellos los ayudaran. Dos de los jugadores corrieron a buscar a Antonio. Se restregó la mano en el delantal y la estiró para saludar al intendente. Sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón y se lo pasó por la frente para secarse la traspiración.
—Acá andamos. Tratando de que no nos rematen. ¡Bah! Mejor dicho, de poder comprar nosotros el remate—dijo Antonio.
La charla no duró mucho. El intendente le dejó su número de teléfono y salió atrás de su secretario que le avisó que lo esperaban en el escenario mayor. Antonio volvió a los asadores y los jugadores a repartir folletos. Esa noche actuaba el Chaqueño Palavecino así que el predio se llenó de gente. Los gritos de los jugadores atraían cada vez a más personas y ya se había corrido la voz de que eran los mejores sanguches de la Fiesta del Trigo. Según los cálculos del tesorero con la venta del domingo llegarían justo a la oferta con la que podrían pelear en el remate para quedarse con el club.
Hoy domingo es el tercer y último día del festival. El cielo está encapotado y hace más frío que ayer. El locutor de la radio anuncia la tormenta. El inspector general de la Municipalidad pasa nuevamente a dar las instrucciones en caso de que se largue la lluvia. Al mediodía empezará el desfile. Las nubes parecen más bajas, más negras. El viento sur levanta las polleras de las chicas de la banda coreográfica y revuelve los pelos de las mujeres de los funcionarios.
Los encargados de los stands ponen a resguardo mesas, sillones, pantallas. El desfile no se suspende. Antonio y su cuñado ya prendieron el fuego. Los miembros de la comisión venden varias bandejas de carne a algunos hombres de campo que les dicen que no falta mucho para el aguacero. Pedro prende la radio del Ford Falcon para escuchar el discurso inaugural del intendente que habla del campo, de la tierra, del futuro, de los jóvenes y de la población de Tres Arroyos a la que llama: pujante, perseverante y digna. La gente del club prepara las mesas. Las corren bien cerca de los tablones para que queden debajo de las lonas. Una ráfaga tira varias sillas que los pibes del club se apuran en volver a acomodar.
Ya va a empezar el desfile. Los más chicos se sientan en el cordón de la vereda para ver pasar a las comparsas, a las carrozas coloridas y a otros chicos de otros clubes que desfilan con uniformes relucientes. La música de la banda coreográfica los hace bailar y los relinchos de los caballos de las agrupaciones gauchescas los tiran para atrás. El desfile termina justo antes de que caigan las primeras gotas.
—Agua bendita—dice el entrenador.
Los truenos apuran los pasos de la gente que busca refugio. La lluvia empieza tímida como si no quisiera manifestarse furiosa. El viento sacude las llamas y levanta la ceniza. Pedro abre la caja registradora y cuenta los billetes. Revisa el libro en el que hizo las cuentas el día anterior y apoya las manos en los tablones moviendo la cabeza con la mirada fija en el suelo. Los chicos gritan más fuerte. Buscan a los pocos que pasan corriendo frente al fogón y les piden que les compren.
El entrenador ofrece choripanes a los vendedores ambulantes que de a poco cierran con nylon grueso sus stands. Otra ráfaga corre las llamas lejos de los asadores y Antonio y su cuñado apuran las brasas. Los miembros del club sacan los chorizos de los pinches y apagan el fuego. Ponen la carne en dos bandejas grandes adentro del freezer. La lluvia cae cada vez más fuerte. Los pibes alcanzan a meterse debajo de la lona y algunos entran al Ford Falcon. El viento sacude los stands y vuelan cartones, cajas, sogas. Antonio grita que junten todo.
—Hasta acá llegamos—dice.
Una rama del álamo se descuelga y arrastra consigo al foco que cae en el medio de un charco. Vuelan las mesas y las sillas. Se apaga la radio del Ford Falcon. Hay olor a tierra y a ceniza fresca. Hay olor a carne chamuscada. Pedro se mete en el Ford Falcon con la caja d ela plata abajo del brazo. Antonio le golpea la ventanilla.
—Metete, Antonio. Estás empapado.
—¿Llegamos?
—Metete, Antonio.
—Decime, ¿llegamos?
Pedro sacude la cabeza y Antonio abre los brazos al cielo y pega un grito. Los pibes adentro del auto miran por la ventanilla.
—¿Salvamos la carne? ¿Está en el freezer?
—Sí, Antonio. Pero se cortó la luz. No nos queda mucho tiempo.
El viento vira del este al sur y refresca. La tormenta se desplaza. Las últimas gotas gordas pasan por los agujeros de la lona. Antonio le hace señas a Pedro para que se baje del Ford Falcon. Abajo del álamo vuelven a contar la plata. Secan los tablones, apoyan la bandeja con la carne y arman sanguches. Llaman a los pibes que salen por el predio a vender la última esperanza que les queda.