Vía Tres Arroyos presenta una nueva entrega de Pinceladas literarias, la sección a cargo de Valentina Pereyra.
En esta oportunidad Valentina ha seleccionado un cuento de Analía M. Angeli
Mirar-nos
Llegué al bar a las cinco y cuarto de la tarde. Había quedado con mi amiga para encontrarnos entre las cinco y las cinco y media. Yo, como siempre, no pude con mi puntualidad, mientras que Roxi, como tantas otras veces, perdería la batalla contra el reloj. Aproveché que el lugar estaba casi vacío y antes de que otro me ganara de mano fui a sentarme a una perfecta mesa redonda, pegada al ventanal más grande.
Me acomodé en uno de los sillones y me dispuse a esperar. Primero hice un paneo del bar, lo ví lindo, luminoso con un estilo sobrio pero cálido a la vez, mesas negras redondas y cuadradas, sillones claros, paredes color tiza, cuadros de colores suaves. Me gustó.
En esas estaba cuando vino el mozo, le dije que esperaba a alguien y se fue. Terminé sacando el teléfono para entretener la espera y me perdí entre reels durante un tiempo que no calculé.
Escuché que alguien me hablaba y me sobresalté, era el mozo detrás mío por segunda vez. Levanté la vista de la pantalla y lo vi parado mirándome como si esperara algo de mí. Me apuré a dejar el celular sobre la mesa, sentí un poco de vergüenza por no haber percibido su presencia antes. Volvió a preguntar si iba a querer algo, observé su cara cansada y a pesar de eso su voz sonaba amable. Le pedí un café. Apenas el chico se fue hacia la barra, mi mano buscó, casi de memoria, lo que había dejado sobre la mesa.
El ruido de una frenada brusca en la calle me hizo ver hacia afuera y por primera vez en todo el rato que llevaba en el bar me dí cuenta, me había ubicado en un lugar privilegiado junto al ventanal y en lugar de observar el paisaje había estado perdiendo el tiempo con el teléfono.
No voy a negar que me entretiene observar a la gente en lugares públicos: sus gestos, su manera de caminar, cómo van vestidos, qué hacen, cómo actúan con los demás. En las ciudades grandes como esta, las personas en la calle nos movemos como si nadie nos viera, he llegado a concluir que sólo en esos momentos somos auténticos. Así que me concentré en lo que sucedía del otro lado de la ventana.
Pasaron tres adolescentes varones con uniformes de colegio verdes y grises, todos con el móvil en la mano. Se iban riendo vaya a saber de qué, concentrados en la pantalla. Uno de ellos le mostró algo a los otros dos y se rieron más todavía. Puse mi atención en la vereda del otro lado de la calle, había una mujer joven que sacaba el celular de su cartera, lo miraba, lo guardaba y así, muchas, muchísimas veces. Tenía un vestido verde de lanilla al cuerpo, largo hasta la rodilla y un saco beige que sobrepasaba el vestido.
Parecía nerviosa, en los momentos en que no miraba su teléfono observaba a un lado y luego al otro; hablaba sola. Me distraje imaginando qué le pasaría a esa chica y casi me pierdo el choque que se produjo sobre la vereda, enfrente de mi ventana. No fueron autos, sino humanos: participaron una chica, un chico y sus celulares. Venían los dos con la vista puesta en sus aparatos, ninguno vio venir al otro, se chocaron los hombros y se desestabilizaron. Cada uno se apuró a seguir su camino, sin mirarse. Sólo vi que apretaron fuerte el celular contra el pecho, supongo que temiendo un intento de robo.
Llegó el mozo con el café y escuché que su móvil vibraba en su bolsillo. Colocó la taza, el azúcar y el vasito de soda sobre la mesa, me indicó el QR impreso en el individual por si iba a pedir algo más. Mientras me contaba algunas opciones de la carta, el sonido de la vibración se hacía persistente. Creo que notó que eso me distrajo porque sonreí.
El también hizo lo mismo y a modo de disculpa no pedida me dijo: Debe ser mi mamá. No hay problema, repliqué. Me pareció ver que se sonrojaba, por lo que deduje: esas notificaciones insistentes no eran de su madre. Se dio la vuelta para irse y metió la mano en el bolsillo trasero del pantalón para agarrar el teléfono pero detrás de la barra estaba el encargado acribillándolo con la mirada y desistió. Volvió a mirarme con una media sonrisa, levantó los hombros con un gesto resignado y se fue a otra mesa.
Justo después me llegó un whatsapp de Roxi con un Estoy atrasada, otro texto más abajo Esperame y un último Voy en camino; respondí Todo bien, te espero. Cerré la aplicación y moviendo hacia arriba el dedo sobre mi pantalla, me salían notificaciones de mails del trabajo, de facebook e instagram, de la tarjeta, del clima y varias más. No abrí ninguna, me permití ignorar esta vez al aparatito manejador de emociones.
Entraron al bar un grupo de seis chicas, las observé mientras elegían una mesa, ruidosas, risueñas, escuché que decían algo sobre lo “aesthetic” que era el lugar. Apenas se sentaron, se retocaron el pelo, usaron de espejo el celular para ponerse brillo en los labios. Al final se sacaron una selfie, qué digo una, se tomaron muchas desde distintos ángulos, se pusieron de acuerdo para enviarla a su grupo de whatsapp y luego todas, menos una, se perdieron en sus celulares, escuché a un par decir: Ahí la publiqué - Las etiqueté - Pongan me gusta.
Estuvieron en eso un buen rato hasta que una de ellas dijo ¡Miren quién reaccionó a mi historia!, las otras gritaron, se reían, la felicitaban y la animaban: Ahora te toca a vos. Dale, mirá sus historias y reaccioná. Por unos minutos focalicé mi atención en la única chica que no tonteaba con el teléfono, lo tenía en la mano, pero no lo usaba. Estaba seria y con la mirada distraída. En todo ese tiempo ninguna de las otras le dijo nada. Sólo la codeaban para que “re publicara la historia.”
En una mesa cercana unas señoras mayores veían, con cara de no entender nada, las actitudes de las chicas. Cuchicheaban entre sí y volvían a mirar. Las más jóvenes nunca se enteraron de que las observaban, seguían con el celu pegado a sus manos y los ojos fijos en la pantalla, mientras los dedos subían, bajaban o escribían a la velocidad de la luz.
Tuve un pensamiento catastrófico: así no falta mucho para extinguirnos. Imaginé a los arqueólogos en un futuro lejano, excavando en los escombros de ciudades fosilizadas y encontrando nuestros esqueletos, todos con la columna desviada y los huesos de las manos apretando un celular. Las personas hemos encontrado una manera de deshilachar el tiempo, no comprendemos que dejamos escapar momentos genuinos del vivo de cada día para marearnos en el scroll dentro de una pantalla.
Y ahí estaba yo con mi cafecito y mis pensamientos cuando vi entrar a Roxi, me levanté y corrí a darle un abrazo, hacía semanas que no la veía. Nos soltamos del abrazo, nos miramos y me dijo “con nosotras quizás la humanidad aún tenga una oportunidad”.
Sobre la autora
Analía M. Angeli: Soy de Vicuña Mackenna, Córdoba. Mi familia son la gente que amo, mi hija, amigos, compañeros, familiares, esos que están cerca de mí y conectan conmigo desde algún lugar. Soy Profesora de enseñanza primaria y directora de una escuela. Me gusta mucho leer y hoy, más que nada, escribir es un cable a tierra.
Participo desde hace tiempo del Taller de Literatura “Claraboya”. Ese tiempo de encuentro con el profe y mis compañeras es muy valioso; siento que poco a poco descubro infinitas caras del mundo literario. Contar la vida a través de las palabras, tejer y destejer mil veces para decir porque los textos no sólo buscan agradar al lector, buscan hacerlo sentir.
