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Vía Tres Arroyos / Literatura

Pinceladas literarias: "La Kipá"

Una sección a cargo de Valentina Pereyra.

Pinceladas literarias: "La Kipá"
Pinceladas Literarias (Vía Tres Arroyos)
autor avatarRedacción Vía Tres ArroyosSeguinos enGoogle
22 de febrero de 2026, 09:32
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Vía Tres Arroyos te presenta una nueva entrega de Pinceladas literarias la sección a cargo de Valentina Pereyra, en esta ocasión con un cuento de su autoría.

La kipá

Dos días antes de que termine febrero llegué con mi novio a Claromecó. Habíamos elegido esa playa para casarnos porque nos apasiona la arena y el sol en todas las estaciones. Damián me había dado la alianza de bodas en un hotel de Costa Rica, después de cenar en un restaurante con vistas al mar y con un balcón rodeado de plantas exóticas y flores brillantes, y antes de ponernos de acuerdo en que queríamos una boda en la playa y empezar a planearlo.

Mi novio había adoptado el lugar donde pesqué cangrejos, hice fogatas, jugué al vóley, caminé descalza después del boliche y tomé sol mientras mis padres se ocupaban de entretener a mis hermanos. No dudamos, Claromecó nos daría la bienvenida a la nueva etapa de nuestra vida juntos.

Como regalo de bodas mis cuñados nos alquilaron un departamento en la costa, frente al mar. Un edificio con actitud mediterránea y realismo claromequense. Eligieron la habitación del primer piso para que la vista fuera única: el amanecer y atardecer a pedir de ojos. La escalera se retorcía graciosas entre el follaje de los siempre verdes plantados a la entrada como guardianes viejos. El balcón de madera,corroído por el viento y la arena, combinaba con el blanco de la pared. Un enorme ventanal traslucía las delicias de la playa un domingo de concurso de pesca en el día top del feriado de carnaval. Los pescadores llegaban de a cientos y rodeaban el escenario plantado en el medio de la costanera, frente al edificio de departamentos en el que nos alojábamos, para presenciar la entrega de los premios. Todo ese paisaje colorido frente a nuestro balcón. El calor asfixiaba desde muy temprano y las nubes negras amenazaban mi felicidad.

La peluquera, la maquilladora y la modista llegaron pasado el mediodía. La boda era a las seis de la tarde. Desparramaron sus valijas sobre la mesa, los sillones y hasta arriba de la mesada de la cocina.

Cerca de las cinco miré el reloj con forma de faro que colgaba de la pared del comedor y revisé mi celular. Sin mensajes de papá que todavía no llegaba. Cuando viajamos a Claromecó a festejar Año Nuevo hablé con él sobre la puntualidad, que no es su defecto, pero le recalqué que, aunque no quisiera, tenía que llegar a tiempo porque me iba a casar contra su voluntad y de su brazo. Mi padre tenía dos enormes problemas: que me casara y la kipá.

Según su forma de pensar nadie me merecía y no iba a tolerar perderme. Pero ya tenía 30 años, ¡era hora! No me cocía en el primer hervor, pero papá no lo entendía, encima me casaba con un judío, algo que no le molestaba por cuestiones religiosas, sino porque tenía que cumplir con ciertos rituales durante la ceremonia de casamiento y él, no estaba dispuesto a hacerlo. Le expliqué mil veces que nadie me obligaba, que había decidido voluntariamente convertirme al judaísmo y que lo único que le pedía es que se calzara ese sombrerito diminuto en la cabeza por un rato, media hora tal vez, pero no más.

— Yo esa porquería no me pongo ni loco — dijo cuando le conté los detalles del casamiento.

— ¡Papá! ¡Dejáte de joder! Hay un kipá para cada varón, y un ramito de florecitas que van en la solapa.

Sabía que él iba a hacer todo lo que yo le pidiera, pero también, que si se le metía algo en la cabeza, no iba a ser fácil convencerlo de lo contrario. Miré de nuevo el reloj, esta vez el del celular, y me asomé al balcón. La gente vivaba, gritaba, el olor de los pescados colgados de la ganchera subía concentradísimo y el polvo que levantaban los pesqueros, camionetas, jeeps y autos que salían de sus estacionamientos cubría la costanera.

Esa densa lámina amarronada que maquillaba los árboles muertos de sed y los capots muertos de limpieza se metió en mis ojos recién maquillados y me hizo lagrimear. No estaba tan preocupada por la polvareda y el escándalo que hacían los pescadores victoriosos o los rabiosos, según su suerte o la habilidad con la que hubieran tirado la línea en mar abierto, me preocupaba que papá no viniera a tiempo. No llegaba y la negrura de la tormenta se obstinaba en caer perversa sobre la playa, justo arriba de la Jupá.

Me pareció escuchar pasos en la escalera. Crucé el departamento hacia la puerta de entrada, salté la caja de maquillajes, esquivé los zapatos, las ojotas, el tocado que apoyé contra un adorno hecho con caracoles que estaba arriba de la mesa, una silla de playa. Era mi padrino que me abrazó, me estrujó el vestido, no quise decirle que me estaba desplanchando toda, y me preguntó por papá.

— ¡Estás desnuda así! A tu padre le da un ataque, me dijo mientras miraba los detalles de mi diseño exclusivo.

— ¿Dónde está papá? ¿Vino con vos? — dije.

Mi padrino se encogió de hombros y dijo algo así como, ¡viste como es tu padre! Y otras cosas más que no escuché. Me paré en el borde del último o primer escalón según si bajabas o subías y me quedé mirando las hojas del árbol que sobrepasa con sus ramas el primer piso. Estiré la mano y junté algunas pelotitas negras que colgaban para emparejar las ramas y que todas quedaran peladas. Me asomé y lo vi estacionar la camioneta.

— ¡Papá! ¡Ya estoy lista!

Unos escalones antes de llegar, levantó la vista y se rió. Estaba colorado, más que de costumbre, su rostro alemán relucía recién afeitado, su larga y amarilla cabellera caía sedosa y brillosa sobre los hombros. No quise mirar con qué gomita se había atado el pelo para no agregar un disgusto más a la pena que ya me invadía por su tardanza. Se abrazó con mi padrino y avanzó hacia mí que lo esperaba con el ramito delicado de jazmines que tenía que ponerse en el ojal.

—¿Esto qué es? Igual te podés casar si no me decoro el traje con eso.

—¡Papá los chicos tienen uno igual al tuyo y el padrino también!

—¿Qué? ¿Somos vacas para que nos marquen?

La peluquera, la maquilladora y la modista se metieron a la cocina para desaparecer de la escena y esperar el momento de los últimos retoques.

—¡Ja! ¡Qué te pusiste!, dijo mi padre y señaló la kipá que le había puesto un rato antes al padrino.

— Tomá la tuya —dije. Como tenés tanto pelo te la prendo con una horquillita transparente.

—Esa porquería no me voy a poner, ya te dije que yo no soy judío.

En un intento desesperado, mi padrino me arrebató la kipá y la apoyó sobre la cabeza de mi padre que con un movimiento brusco y envolvente la revoleó por el aire, por suerte, no tan lejos, así que estiré la mano y se pegó en la punta de mis dedos transpirados. Le supliqué, algo que no hacía casi nunca, estuve a punto de llorar, aunque de reojo vislumbré a la maquilladora y su gesto de horror ante esa posibilidad.

—¡Papá! ¿Desde cuándo sos católico?

—Desde siempre, ¿Para qué los bauticé? ¡Para esto!

Mientras tanto la kipá bordó saltaba de mis manos a las de mi padrino, de las suyas a la cabeza de mi padre que la sacudía como un perro recién bañado y dejaba mechones esparcidos por toda su cara. En un movimiento certero logré clavar las horquillas y sujetarle la kipá. El celeste de sus ojos atravesó la oscuridad de los míos. Suspiró, llevó ambas manos hacia ese retazo cóncavo de tela y contuvo la respiración. Miró a mi padrino que lo empujaba hacia la puerta mientras me hacía señas para que me apure. Él levantó los hombros, movió la mano como si espantara a algún fantasma y largó un soplido. Bajó dos escalones y giró la cabeza.

—¡Peinate Papá, estás hermoso, sos el más hermoso!

Se soltó la colita que alguna vez había sido negra y se acomodó las mechas sueltas que entrelazó en los dedos mientras las llevaba hacia atrás emparejando toda la superficie. Lo vi arrimar las manos a la kipá, la movió, la sostuvo con el índice y el pulgar.

- ¡No soy judío! ¡Esta porquería no me la pongo! — dijo mientras mi padrino que caminaba detrás suyo le enderezaba la kipá.

De la costanera hasta donde habíamos armado la Jupá había unos cincuenta metros. El padrino estacionó el Volkswagen amarillo en la puerta y la modista nos hizo señas para que fuéramos a su encuentro. Papá y yo nos bajamos del asiento de atrás y nos ubicamos al pie de la escalera que nos llevaba a la playa, al espacio frente al mar que elegimos para que el rabino uniera nuestras vidas.

Sonó una melodía de piano y violín y la voz dulce de la cantante que entonaba una canción hebrea. Era la seña. Papi me agarró del brazo y empezó a caminar conmigo hacia la Jupá por la alfombra roja que serpenteaba sobre la arena. El mar se había tragado las nubes negras y el sol buscaba el horizonte para desaparecer hasta la mañana siguiente. Las franjas anaranjadas se entremezclaban con las últimas pinceladas celestes verdosas del mar. La brisa auguraba buenos aires. La gente se puso de pie. La cantante estiró más las notas e impostó su voz angelical cuando papá y yo nos asomamos a la alfombra roja. Él me miró y me dijo que me amaba, yo lo miré y le apreté fuerte la mano traspirada. A la mitad del camino una brisa me levantó la falda del vestido, y a papá le voló la kipá.

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