Logo Vía País

Ciudad a ciudad, Argentina en red

| sábado, 06 de junio de 2026

InstagramXFacebook
  • Inicio
  • Mundial 2026
  • Córdoba
  • Rosario
  • CABA
    • Vía Carlos Paz
    • Vía Arroyito
    • Vía Tandil
    • Vía Tres Arroyos
    • Vía Punta Alta
    • Vía Jujuy
    • Vía Tucumán
    • Vía Catamarca
    • Vía Posadas
    • Vía Eldorado
    • Vía Iguazú
    • Vía Oberá
    • Vía Santa Fe
    • Vía Rafaela
    • Vía Paraná
    • Vía Concordia
    • Vía Gualeguaychú
    • Vía Mendoza
    • Vía Ushuaia
    • Vía Malvinas
    • Últimas Noticias
    • Política
    • Economía
    • Información General
    • Entretenimiento
    • Deportes
  • Vía País
  • Vía Urbano
  • Vía Streaming
  • Vía Gourmet
  • Vía Libre
  • Rumbos
  • Estilo
  • Inicio
  • Mundial 2026
  • Córdoba
  • Rosario
  • Centro
    • Vía Carlos Paz
    • Vía Arroyito
    • Vía Tandil
    • Vía Tres Arroyos
    • Vía Punta Alta
  • Norte
    • Vía Jujuy
    • Vía Tucumán
    • Vía Catamarca
  • Litoral
    • Vía Posadas
    • Vía Eldorado
    • Vía Iguazú
    • Vía Oberá
    • Vía Santa Fe
    • Vía Rafaela
    • Vía Paraná
    • Vía Concordia
    • Vía Gualeguaychú
  • Cuyo
    • Vía Mendoza
  • Patagonia
    • Vía Ushuaia
    • Vía Malvinas
  • Secciones
    • Últimas Noticias
    • Política
    • Economía
    • Información General
    • Entretenimiento
    • Deportes
Vía Tres Arroyos / Literatura

Pinceladas literarias: "El Flaco" un cuento de Nahuel Vázquez

Sección y seleccion a cargo de Valentina Pereyra.

Pinceladas literarias: "El Flaco" un cuento de Nahuel Vázquez
pinceladas literarias (Don Morley)
autor avatarRedacción Vía Tres ArroyosSeguinos enGoogle
10 de mayo de 2026, 01:27
Logo Vía País
  • Términos y condiciones
  • Políticas de privacidad
  • Contacto comercial
  • Acerca de
  • Staff
  • Bases y condiciones de sorteos y concursos en viapais.com.ar
  • Comercializadora de Medios del Interior S.A.
  • 30-70746725-4
  • Av. Colonia 170, C1437JND CABA
  • Edición N° 3543
  • Todos los derechos reservados © 2016-2026
Logo grupo clarínLogo CMI medios regionales
  • CLARÍN
  • TN
  • EL TRECE TV
  • MITRE
  • LA 100
  • CIUDAD
  • CIENRADIOS
  • TYC SPORTS
  • LA VOZ DEL INTERIOR
  • RUMBOS
Compartir en Facebook
Compartir en WhatsApp
Compartir en X

Vía Tres Arroyos te presenta una nueva entrega de Pinceladas literarias la sección a cargo de Valentina Pereyra.

En esta ocasión con un cuento de Nahuel Vázquez:

El flaco

No puedo recordar qué había ahí antes de que el flaco abriera el maxi kiosco. Quizá estuvo desde siempre. No lo sé. El kiosco quedaba a la vuelta de casa, sobre el boulevard, justo enfrente de la cancha de Parque. Éramos muy pibes cuando el flaco lo abrió. Todavía estábamos en primaria, cada uno tenía su otro grupo de amigos, y pasarían todavía unos años hasta que empezáramos a juntarnos.

Recuerdo los mediodías en los que mi mamá, antes de que yo me fuera al colegio, me mandaba a comprar algo que se había olvidado para el almuerzo. Recuerdo la heladera cuadrada de tapa corrediza a la derecha ni bien entrabas y los juguitos congelados de coca y de naranja. Y recuerdo verlo aparecer entre las tiras de plástico que dividían el kiosco de la casa, pelado, desgarbado y siempre con la musculosa beige.

El flaco, aunque nunca nos decía algo, aunque siempre nos miraba en silencio detrás del mostrador, era como un padre para nosotros.

Habían pasado ya unos años. Es curioso, porque el flaco siempre estuvo, pero por momentos siento, como una especie de confusión quizá, recuerdos nítidos que se mezclan con otros, y siento que tal vez el flaco en realidad apareció más adelante, cuando ya hacía un tiempo que habíamos terminado la primaria y empezamos a reunirnos en uno de los canteros del boulevard.

Nos sentábamos en uno de los bancos de cemento. Casi siempre después de jugar un rato a la pelota. Había veces, la mayoría diría, en las que ninguno avisaba que iría al cantero; uno podía llegar y estar solo un rato hasta que de pronto empezaba a llegar el resto. Y podía ser de tarde o también de noche.

Claro que eran otros tiempos, un tiempo amplio como el de una hoja en blanco que parecía infinita, en el que uno podía escribir y escribir sin otra responsabilidad más que la de ir al colegio. Y era también un tiempo en el que sentías, incluso como una certeza, que todo siempre sería así.

Teníamos por entonces catorce o quince años. Y como decía, casi siempre jugábamos a la pelota y después nos sentábamos en uno de los bancos. Juntábamos entre todos algunas monedas y después alguno se cruzaba a comprar una o dos cocas grandes de vidrio y una bolsa de maní saborizados. Y así pasábamos la tarde o muchas horas de la noche, hasta que ya era de volver, y los que vivían más lejos agarraban sus bicicletas y los otros, como yo, caminábamos de vuelta a casa.

Poco tiempo después a las cocas de vidrio, a los maní saborizados se le sumaron los cigarrillos sueltos. En el mostrador, había siempre un atado abierto de Phillip Morris y un encendedor enganchado a un cable verde de teléfono fijo. El flaco en silencio era testigo, mucho, pero mucho tiempo antes de que nuestros padres supieran que fumabamos, de nuestros primeros coqueteos con el cigarrillo.

Recuerdo una noche en casa cuando mi papá furioso dijo: “Nunca más le compro a ese tipo”. Ese día, él había entrado al kiosco como siempre a comprar sus habituales 43 70 cortos y se encontró que unos pibes apenas más grandes que yo compraban cigarrillos y cerveza.

Estaba indignado de que el flaco le estuviera vendiendo cigarrillos y alcohol a unos pibes. “Nadie más debería comprarle”, decía. Recuerdo que esa noche escuché en silencio, pidiendo por favor que no me preguntara nada, porque de hacerlo habría tenido que mentirle.

Tampoco era que fumábamos, como si ocurriría un tiempo más adelante; comprábamos uno o dos cigarrillos sueltos y nos los pasábamos entre varios. Ni siquiera sabíamos cómo hacerlo. Esteban era el único que sabía. Y lo sabía por sus hermanos mayores. Sabía cómo había que hacer para tragar el humo.

Yo intentaba imitarlo; hacía como sí realmente estuviera fumando: pitaba, aguantaba durante unos segundos el humo en la boca y luego lo soltaba todo junto. “Pero no estás tragando el humo”, decía. “¿Y cómo se hace?”, preguntaba. Y él entonces nos mostraba cómo hacerlo. Y nosotros tratábamos de copiar el gesto. Y claro, era diferente, porque enseguida sentías una picazón que te atravesaba la garganta, el pecho y te obligaba a tener que toser y toser. Darío, quien todavía no se había acercado a ciertos vicios, nos gritaba, como si fuese uno de nuestros padres: “Dejen esa porquería, no ven que eso mata”:

Darío probablemente tenía razón. Aunque en parte. Pienso ahora. El cigarrillo puede matarte. Pero probablemente los motivos de la muerte de alguien que haya fumado durante años no sean exclusividad del pucho… no lo sé… la muerte es un misterio… no sé por qué escribo, la escritura también es un misterio.

Darío quizá tenía razón. Es que todavía éramos muy pibes para leer en sus palabras algo más que una exageración. Pero estoy casi seguro de que el pucho no fue la causa de la muerte de mi viejo, aunque los médicos hayan indicado eso en el diagnóstico; quizá los silencios son más definitivos que la nicotina y el humo de toda una vida de fumador. No lo sé. Quizá.

Es curioso la manera en que los recuerdos van abriéndose… Y cómo se van mezclando.

Creo empezar a comprender por qué siento que el flaco apareció en nuestras vidas por aquellos años de nuestra adolescencia. A medida que pasábamos tiempo en el cantero, que entrábamos al kiosco y lo veíamos aparecer entre las tiras de plástico, empezaba a distanciarse de la figura que representaba para el resto del barrio.

Todos sabían que se llamaba Horacio y que vivía con la esposa y dos hijas. Pero solo nosotros sabíamos que había jugado en la primera de San Lorenzo y que una lesión lo había obligado a retirarse muy joven del fútbol. Claro, él nunca nos contó sobre eso. Nosotros lo descubrimos una noche en la que jugábamos al PC Fútbol y vimos su nombre y apellido inscripto en la lista del plantel.

Y fue desde ese momento, igual no recuerdo el día, tampoco recuerdo quién fue el primero en decirlo, empezamos a llamarlo Flaco. “Hola, Flaco”, “Nos vemos, Flaco”. Y cada vez que lo saludábamos, él nos respondía con un guiño de ojo.

Llevo ya unos días en Garay. Vine a visitar a mi mamá y a ver a mis amigos. El sábado comemos un asado en la casa de Darío. Algunos ya tienen hijos, algunos ya se han casado. Algunos hemos dejado de fumar, otros lo siguen haciendo.

Esta mañana volví a entrar al maxi kiosco. Le había dicho a mi mamá que yo me encargaba de preparar el almuerzo. Ella ya no vive en la casa de siempre. Esa la vendimos hace ya varios años. Igual tampoco ahora vive lejos, solo son un par de cuadras.

En Garay, en realidad, todo queda medianamente cerca. Y siempre que vuelvo disfruto de ir caminando de un lugar a otro. Primero fui al supermercado. Y después pasé por lo del flaco. Enfrente el banco de cemento está ahora pintado con los colores de Parque: azul y una franja blanca en diagonal, y los manchones de tierra en el cantero van ganándole terreno al pasto.

Tintinearon las campanitas de la puerta ni bien entré. A la derecha la heladera cuadrada de tapa corrediza, después el mostrador, un atado abierto de Phillip Morris y un encendedor enganchado a un cable verde de teléfono fijo. Por las tiras de plástico apareció la esposa del flaco. Si bien es cierto que ella solía atender el kiosco, hubiera sido imposible que en algún momento tuviera puesta, como sí la tenía ahora, la pulsera que siempre llevaba el flaco en su muñeca izquierda.

Saqué una coca grande de vidrio y la apoyé en el mostrador. Dudé un instante en preguntarle por el flaco. Todo alrededor parecía estar igual. Pero preferí no hacerlo. No sé por qué. Después pagué y salí tan rápido como pude.

El tiempo ya no es como una hoja en blanco infinita. Y tampoco se mantendrá siempre igual. Sin embargo, mientras escribo, juro que el flaco vuelve a aparecer por entre esas tiras de plástico, pelado, desgarbado y con la musculosa beige. Y en silencio espera a que uno de nosotros busque las cocas de vidrios. Y después nos guiña un ojo, como siempre, como cada vez que le decíamos: “Nos vemos, flaco”.

Sobre el autor

Nahuel Vazquez es comunicador social, periodista y docente. Desde hace más de seis años, coordina Claraboya, un espacio de escritura para la exploración y la producción narrativa y literaria.

Temas Relacionados

  • Literatura
  • Nuevo cuento
  • Cultura
  • Fútbol
Compartir en Facebook
Compartir en WhatsApp
Compartir en X
MÁS VISTO
Melisa Heredia y Agostina.
vía córdoba

Se viralizó un video de Agostina junto a su mamá y llovieron los comentarios por un polémico detalle

Los procedimientos en la casa del detenido por el femicidio de Agostina Vega.
vía córdoba

El macabro descubrimiento en la casa de Claudio Barrelier tras los nuevos allanamientos

El video que generó terror en el interior de la provincia de Córdoba.
vía córdoba

"Escalofríos": se conoció un video de de Claudio Barrelier en un viaje de egresados con niños

Novedades en el caso de Agostina Vega.
vía córdoba

Se difundieron detalles más atroces de la autopsia de Agostina Vega

Indio Solari y su hijo
entretenimiento

Así es la historia que pocos conocen de Bruno, el único hijo del Indio Solari