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Vía Tres Arroyos / Literatura

Pinceladas literarias: "Desentierro"

Un cuento de Valentina Pereyra

Pinceladas literarias: "Desentierro"
Pinceladas (Befunky)
autor avatarRedacción Vía Tres ArroyosSeguinos enGoogle
12 de abril de 2026, 09:44
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Vía Tres Arroyos te presenta una nueva entrega de Pinceladas literarias la sección a cargo de Valentina pereyra, en esta ocasión con un nuevo cuento de su autoría

Desentierro

Mirna mira por encima del hombro de la moza que la frenó en la entrada del restaurante y le preguntó si tenía reserva. Señala la mesa del fondo y dice: Mi hermana. Después, avanza atenta al movimiento del pie derecho de Sofía que se sacude de arriba abajo y busca el freno natural contra el otro.

No ve el bastón en forma de trípode que una mujer dejó al lado de su silla. Se lo choca y trastabilla. Pide perdón mientras lo levanta y hace el gesto de lustrarlo o de acariciarlo. La mujer le parece vieja muy vieja. ¿No debería estar en casa a resguardo? ¿Qué hace una mujer vieja muy vieja almorzando en un restaurante como si nada?

La moza que la sigue le pregunta si está bien, si se lastimó. Mirna mueve la cabeza y apura el paso. Despega la silla de la mesa y se sienta frente a Sofía que no levanta la vista del celular.

—No parás de mover el pie. Como cuando hicimos la prueba para la obra del Club Social.

—¿Llegaste recién? No te vi.

—Te hice señas. Parecía una loca, ahí parada, a los manotazos.

—¡No exageres!

—Me pusiste nerviosa.

—¿Yo? No te vi antes, perdoname.

—En la prueba de la obra de teatro. Me pusiste nerviosa. Meta mover la pata.

—Si ganaste vos el papel. Mamá fue al estreno.

—Perdiste el papel por histérica. ¡Cómo movías esa pata! —dice Mirna y estira la mano para alcanzar el servilletero. Sofía lo aleja para el costado contrario.

—Alcanzame una servilleta, Sofía.

—¿Te manchaste?

—Me quiero abanicar.

—No terminás más con esos calores —dice Sofía y levanta la mano para pedir que les traigan la carta.

—¿Vos, no empezaste? Sos como mamá, siguen con el chorro hasta los sesenta.

—Otra vez, exagerada. ¿Ya elegiste?

—No puedo creer que no tengas calor. Te metiste acá en el fondo. No se puede respirar.

Mirna junta varias servilletas e intenta plegarlas para simular un abanico. Sofía relojea las notificaciones que llegan al celular y encienden la luz de la pantalla. Apoya los antebrazos en el borde de la mesa y le pregunta a su hermana por qué se acordó de la obra de teatro que habían hecho cuando eran adolescentes.

Qué tenía para decirle sobre cómo cada una tuvo el papel: Mirna el protagónico y ella el de la sirvienta. Cómo se le ocurrió que ella había perdido por histérica. ¿No se acuerda lo que pasó? ¿Lo borró o se hace la tonta? Piensa Sofía mientras se queja porque su hermana despluma el servilletero.

—La moza te está esperando. ¿Elegiste? —dice Sofía.

—Pedime una ensalada de atún. ¿No leíste lo que les escribí? —dice Mirna y señala la carta; pone el dedo justo debajo del ítem: ensaladas; golpea el índice sobre las letras negras que describen los ingredientes de la ensalada de atún.

—¿Lo que nos escribiste es cierto? ¿La vas a desenterrar? —dice Sofía y busca en la pantalla del celular el grupo: “Hermanas” la conversación de hace dos días. Mirna revisa el tobillo que se golpeó contra el trípode, le parece que se le hinchó. Está morado. Vieja de mierda, piensa ¿No debería estar en su casa a resguardo? ¿Qué hace una vieja muy vieja almorzando en un restaurante como si nada?

—¿Leyeron? —dice Mirna.

—Sí, leímos las dos—dice Sofía y se acomoda el flequillo rojo, recto, casi al límite del cuero cabelludo.

—¿Y ella te manda a vos de mensajera? — dice Mirna.

—Me acuerdo del estreno de la obra de teatro. Tengo la foto. Nos sacamos las cuatro adelante del cartel con tu nombre. ¿Pido agua? Te vas a cagar de hambre.

La moza, una veinteañera de pelo renegrido atado a la nuca con una colita de algodón marrón, saca del delantal una libreta y un lápiz para anotar: una ensalada de atún y una milanesa a la napolitana completa. Les pregunta si el agua la prefieren con gas y Sofía le dice que prefiere no tentar al diablo. La moza frunce los ojos, levanta los hombros y dibuja un signo garfio en la frente.

—Gas, fósforos, fuego: ¡Bum! —dice Sofía y se mueve en la silla como si quisiera aplaudir el asiento con la cola.

—¿Qué te acordaste de la obra de teatro? ¿Del escándalo que hiciste? —dice Mirna.

—Mamá me mandó a chucear al profesor de teatro. Ella me dijo que me defendiera—dice Sofía.

—¡Mentiras! —dice Mirna — gané el papel en buena ley. Vos te pusiste a llorar que no te acordabas de la letra y que te dejaban afuera por fea. Vos dijiste: fea.

—¡Vos te cogiste al profesor en el vestuario de los varones! Todos lo supimos. Yo le conté a mamá.

Mirna deja de abanicarse, inclina el cuerpo hacia su hermana, levanta los hombros y deja salir el aire de la boca entreabierta. Mueve la cabeza negando. Y Sofía le sostiene la mirada.

—Típico tuyo. No cambiás más. Dejá de meter a mamá en tus quilombos.

—Tus quilombos —replica Sofía.

—Lo que no dijiste en antes, cállate ahora.

—Típico de mamá. Sos igual —dice Sofía.

—¿Qué van a hacer? ¿Van a pagar, o qué? — insiste Mirna.

—Dejá de abanicarte con la carta que la moza quiere llevársela.

—Qué se la lleve.

—Eso que nos escribiste. ¿Lo vas a hacer? —repite Sofía.

—Puedo.

—¿Sin que autoricemos?

—Puedo—dice Mirna y llena el vaso con agua casi hasta el borde.

—¡Vas a volcar todo!

—¿Van a pagar, o qué?

—Vamos a ayudarte — dice Sofía y echa para atrás la espalda mientras juega con las migas de la tostada que les pusieron para untar con una salsa de queso crema y ciboulette.

El restaurante está repleto. Alrededor de ellas hay dos mesas. En la de la derecha una madre y su hija discuten sobre los gastos de la universidad y los paupérrimos resultados obtenidos en los exámenes finales. En la de la izquierda un hombre cincuentón lee noticias en el celular que apoya contra la botella del vino de la casa. Detrás de Mirna está la mesa donde la mujer vieja muy vieja escupe las migas mientras habla y se agarra la oreja cada vez que el chico ¿¡su nieto!?, que está con ella, le quiere contar algo.

—¿Ayudarme? Están locas. Tienen que hacerse cargo, a mí no tienen que ayudarme —dice Mirna

—¿Me pasas la sal? —dice Sofía.

—¿No era que no podías pasarte de sal? ¿Mejoraste la presión? —dice Mirna.

—No

—Pero ¿le agragás sal?

—¿Cuánta plata es? —insiste Sofía.

—La que les escribí. Dividí el total en tres.

—Es un montón de guita.

—¡Bañaste la milanesa de sal!

—Exagerada. ¿Le ponés? —dice Sofía y le acerca el salero de vidrio que en el fondo tiene unos granos de arroz. Mirna sacude la cabeza y tironea el salero hasta que se lo queda y lo pone en la punta de la mesa más cerca de su mano y más alejada de la de Sofía. La mujer sentada a su derecha deja de retar a su hija por las materias que no dio el cuatrimestre pasado y se queda mirando el ir y venir del salero.

—Gisela no piensa hablarme, ¿no? —dice Mirna.

—¿Tenés el pelo más rubio? ¿Te lo aclaraste? —dice Sofía y frunce la vista como si el reflejo del sol que entra por la puerta vidriada de la entrada bañara de luz la cabeza de su hermana y le aclarara el pelo.

—Hace un año—dice Mirna.

—Gisela no quiere hablar de esto. Arreglemos nosotras — dice Sofía y agacha la cabeza para concentrarse en cortar la milanesa en pedazos iguales que amontona en un extremo del plato.

—¿Qué haces?

—No quiero que se mezcle la milanesa con la ensalada.

—En la panza se mezcla todo.

—¡Ay! Eso decía mamá cada vez que yo separaba el huevo del arroz o la lechuga del tomate o la milanesa de las papas fritas.

—Y, sí. Todo se mezcla.

Todo se mezcla repiten las dos al mismo tiempo. Una mezcla impiadosa de escándalos, sentimientos y vergüenza. ¿Cuándo empezaron a mezclar todo? ¿Desde cuándo no separan lo que importa de lo irrelevante? ¿Cómo no la vieron? Todo se mezcla. Hasta las palabras mal escritas en WhatsApp sin puntos sin comas. Todo se mezcla y no la ven venir. Lo que me dijo que le dijo que le dijeron. Los muebles que Sofía y Gisela se llevaron de la casa de la madre cuando ella murió. Lo que creyeron era un trato, una herencia, un regalo. ¿Qué correspondía? ¿Tenían que estar las tres en esa repartija?

—Mirna, no la vas a desenterrar, ¿no? Mamá diría que no se puede ni morir tranquila.

—Puedo.

—Ya me dijiste eso. No entiendo, vas y agarrás una pala y desenterras a una muerta, así como así.

—Desde acá te veo el pedazo de milanesa. ¡Cerrá la boca!

Mirna había firmado los documentos por los que el Cementerio Privado “El descanso eterno” le cedía en comodato una parcela de dos metros de largo por uno de ancho y tres de profundidad. Un agujero en la tierra listo para contener dos cuerpos. No los cuerpos libres de sus ataduras juveniles. No los cuerpos desnudos de pasiones u obligaciones. Cuerpos viejos, maduros por demás. Cuerpos resistentes al agua, al frío y a la humedad. Cuerpos encerrados en cajones más o menos vistosos; menos o más decorados con herrajes artísticos. Mirna había puesto su nombre, el mismo que el de su madre, en el documento que la hacía acreedora de ese pedazo insignificante de tierra en un predio rodeado de muchos insignificantes pedazos de tierra removida o seca, según la estación del año o los muertos del día. Mirna había puesto la firma por sus hermanas, por la memoria de su padre y por la madre que ya no podía ponerle punto final a nada más. Santo Remedio. Llegó, hizo su milagro y la dejó sola. Ella y su firma. Todo mezclado.

—Dice Gisele que no puede ser que te dejen desenterrarla —dice Sofía.

—¿Ustedes pusieron la firma? No. La puse yo. Así que, soy dueña de la parcela y del esqueleto que está ahí enterrado—dice Mirna.

Mirna revuelve la lechuga, el arroz y el atún. Levanta el tenedor y lo hunde. Le agrega aceto y aceite de oliva. Mezcla. Porque todo se mezcla. El amor es incondicional o es maternal, pero no sólo incondicional.

Sofía sigue concentrada en no pasar la línea imaginaria que trazó entre los pedazos de milanesa a la napolitana y la ensalada. La línea que no cruzó cuando el doctor que declaró la muerte de su madre les preguntó por el servicio funerario que habían elegido y por el cementerio donde se harían las exequias. Ella hubiera preferido la cremación. Pero Gisele le suplicó no quemarla. Demasiado infierno en vida, le dijo.

Sofía no atravesó la línea punteada del convenio por la parcela en el cementerio privado. No puso su firma. Mirna la puso. Ella es la dueña. La dueña de un pozo de tres metros de profundidad en el que conviven gusanos, hormigas, escarabajos. Todos mezclados.

—El olor a atún nunca me gustó. Terminalo así la moza se lleva tu plato.

—¿Van a pagar? Les paso los datos de mi cuenta bancaria y en mayo, todos los mayos una vez al año, les actualizo la factura y santo remedio—dice Mirna.

—Para querer desenterrarla te acordás bastantes frases que decía mamá —dice Sofía y come primero los pedazos de milanesa y cuando los termina sigue con los tomates y las lechugas.

Santo remedio. ¿En qué santoral está inscripto? ¿Cuál era el remedio beatificado? Un punto final. El resultado infalible de un problema insolucionable. Lo que hace falta para pasar a otra cosa. Santo remedio. ¿Va con mayúscula? ¿Es el nombre del santo o qué? La madre se enferma, se hacen los trámites a PAMI. PAMI no paga porque las hijas pueden hacerse cargo del tratamiento. La enfermedad avanza. La madre se niega ir al médico. Santo ¿Remedio? A otra cosa mariposa. Metamorfosis. Cambio. Un punto final que no quiere poner la mujer vieja muy vieja que almuerza en el restaurante como si nada.

—Alacazame una servilleta para abanicarme—dice Mirna y pone el tenedor adentro del bowl donde estaba la ensalada que acaba de comerse.

—¡Moza! Mi hermana ya terminó. ¿Puede retirarle el plato?

—Elegiste la mesa del fondo, me muero del calor. El fuego viene de la cocina, es como si estuviéramos adentro—dice Mirna.

—Como en el infierno.

—Sí, infierno, sí.

Cuello y cachetes de la cara al rojo vivo. La nuca empapada, la unión de las tetas transpiradas y los brazos pintados como de un sarpullido rosado. El infierno. El infierno de la vejez que no es prematura, ni la menopausia. Es esta la cercana. La que te despierta una mañana y te señala en el espejo como diciendo ya es la hora. Pero no de levantarse. Es la hora del final que viene envuelto en una capa de acero que se recalienta ni bien hace contacto con esa humana que se mira y no se reconoce porque se cree mariposa. Metamorfosis.

—¡Moza! —grita Sofía llamando la atención del hombre sentado a su izquierda, quien deja de leer la pantalla del celular para girarse hacia ella extrañado. Sin querer el hombre ha levantado el volumen y una voz jadeante de alguna amante de alguna página porno de alguna fantasía tempranera emerge del celular y llega hasta la mesa de las hermanas que no evitan la risa. El infierno se despliega, ahora, en el cuello del hombre y sube a los cachetes. Todo mezclado. Sin metamorfosis.

—¡Te escuchó la moza! —dice Mirna y mueve la mano como queriendo bajarle el volumen a la voz de su hermana y, de paso, a la voz jadeante que sigue saliendo del celular del hombre.

—Si pagamos no la desenterrás, ¿no? —insiste Sofía.

—¡Un infierno! Esta servilleta no mueve ni una gota de aire.

—¿Si o no?

—¿De qué hablas, Sofía?

—Escuchame…

—Mamá tenía calores, me la acuerdo casi en bolas dando vuelta por la casa mientras dormíamos—dice Mirna

—¿Dormíamos o espiábamos?

Mirna y Sofía largan la risa. Mirna se seca la frente con la manga de su camisa y Sofía vuelve a hacerle señas a la moza para que se lleve también su plato. Sólo quedan un tomate una esquina y un pedazo de jamón y queso huérfano de carne en la esquina opuesta. La moza dice que se nota que estaba rica la comida. Las dos limpiaron el plato: Mirna con migas de pan y Sofía con el resto de la servilleta que usó para limpiarse la boca. No quedan restos. Todo mezclado en la panza. No hay esqueletos ni pedazos de historia para tirar a la basura. Menos trabajo para los ayudantes de cocina.

—¿Postres? —dicen las dos al mismo tiempo y otra vez largan la risa.

—Gisela me dijo que cuentes con su parte —dice Sofía.

—Me causa gracia que piensen que me están dando una mano —dice Mirna y dobla la servilleta por la mitad y la apoya sobre el individual de papel manchado con la grasa del atún. Se para y le pregunta a la moza dónde queda el baño.

La mujer muy vieja muy vieja la ve venir. La tiene de frente. Justo a tiempo para sacar el trípode del medio del pasillo. Mirna pasa por al lado suyo y se para, esquiva la mesa como si rodeara una fogata. El chico ¿¡será el nieto!?, que está con la mujer vieja muy vieja, le sonríe y dice: No pasa nada. Lo tiene por seguridad. No pasa nada. Mirna piensa en la seguridad: social, vial, ambiental. ¿Está segura de poder levantarse si el trípode se rompe?

Sofía sigue atenta a su hermana que desaparece detrás de un biombo. Ella está ahora de frente a la mujer vieja muy vieja. Levanta la mano para saludarla. El chico ¿su nieto? gira y le sonríe. Podría ser su hijo; sin embargo, Sofía empieza a imaginarlo jadeante, como a la mujer de la voz que hace un rato salía del celular. Parpadea. Para volver en sí le faltaría una cachetada. Un bife bien dado a tiempo como decía su madre cuando la retaba porque todo se mezclaba en la panza. Aprovecha y lee los mensajes que le manda Gisela. Diez mensajes sin leer. Le contesta que ya casi terminan de almorzar y que cree que no la va a desenterrar.

—¿Estás segura? —escribe Gisele y pone un Emoji con una cara a la que le explota la cabeza.

—Sí. No está tan loca. Pagamos y ¡Chau! ¡Santo Remedio! La deja —escribe Sofía y pone un Emoji de una cara roja de rabia.

Mirna camina de vuelta a la mesa sacudiéndose las manos y toma lo último que le queda de agua en el vaso. Gira el cuello pegando la oreja al hombro como le enseñaron en Pilates y suspira.

—Te pedí flan—dice Sofía.

—¿Te acordás el de Royal que hacía mamá y decía que era casero? —dice Mirna.

—¡Lo de mentir lo aprendimos bien!

—…

—…

Mirna mete la cuchara en el dulce de leche, junta una porción de flan y la mezcla con la crema.

—¡Me embadurnaste todo! ¡Mezclaste todo! ¿Cómo como ahora?

—…

—Mirna, sos un desastre comiendo.

—Riquísimo.

—Mirá lo que hiciste, destrozaste el flan—gime Sofía.

—Comé.

El hombre sentado a la izquierda guarda el celular en el bolsillo de la campera de jean. Toma despacio el vino que le queda en la copa, revuelve el café después de haberle echado cinco cucharitas de azúcar y levanta la vista. De la puerta vidriada de la entrada llega hasta el fondo del salón una luz tenue, que persiste después de la tormenta de la noche anterior, y pincela en una misma línea recta las cabezas de todas las personas. Todos mezclados. A los calvos les deja un poco más de brillo, a las rubias les sacude el amarillo que desprende del índigo y el violeta; a la mujer vieja muy vieja la cubre con la suma de todos. Mirna quisiera que vuelva a tener color. El de antes. Antes que estuviera todo mezclado.

—Gisela dice que ella va a pagar. Ayudar, o como vos quieras llamarlo. Y Santo Remedio.

—Ahí te dejé la mitad sin tocar —dice Mirna.

—Un asco, todo mezclado.

—Pido la cuenta.

—¿No la desenterras, ¿no? —insiste Sofía.

—¡Moza! ¿Traes cuentas separadas?

—No sé ni qué gusto tiene el flan. Todo embadurnado de crema y dulce de leche—dice Sofía.

—¿Ponés la propina? Yo no tengo efectivo —dice Mirna y hace el gesto de darse vuelta los bolsillos y sacar la pelusa.

—¿Cuándo querés la plata?

—Les paso mi alias. A fin de mes está bien.

Sofía saluda al chico que seguramente es el nieto de la mujer vieja muy vieja y que ahora ayuda a su abuela a pararse. La tironea para arriba. Lo hace en dos tramos. La mujer vieja muy vieja se agita. El chico le dice que respire tranquila. El hombre sentado a la izquierda también paga la cuenta y se mete la mano en el bolsillo donde guardó el celular, del que hace un rato se oyó el jadeo de la voz. Todo mezclado.

Las hermanas pagan con billeteras virtuales y Sofía deja la propina entre el servilletero y la botella de agua. Mirna se seca el cuello y la nuca con una servilleta, la hace un bollo y se la mete en el bolsillo. Le da un beso a su hermana y sale sin darse vuelta. Sofía camina despacio. Le escribe a Gisela para que sepa cómo terminó el almuerzo. Las dos ponen emojis de ojos abiertos y una gota que le cae por la frente. Cuando levanta la cabeza la sombra de Mirna se confunde con la de los plátanos de la vereda. Mirna camina rápido como si no quisiera que la alcanzaran. Sofía la sigue con la vista, aunque sin llamarla, como si estuviera viendo otra cosa. Y cuando su hermana da vuelta en la esquina, Sofía se dice a sí misma: se parece mucho a mamá.

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