“¡No disparen, está todo solucionado!” — gritó en vano Esteban Rouede alzando las manos por segunda vez en el día. La última bala que voló aquel nefasto 5 de septiembre de 1937 sobre la ciudad de Tres Arroyos, impactó en su mano izquierda, destrozándosela.
Aquella mañana la ciudad amaneció tensa. Días previos a las elecciones nacionales que consagrarían al nuevo presidente de la República Argentina, agentes policiales que respondían al gobierno conservador habían realizado numerosas razzias.
Buscaban identificar opositores. La mínima sospecha tenía como consecuencia el secuestro de la documentación que los habilitaría a votar en las elecciones del día 5.
Por otro lado, desde la Unión Cívica Radical se había consensuado con los comités provinciales levantarse en armas ante el posible fraude conservador.
Esteban Rouede era un ciudadano de a pie, un anónimo más como cientos de miles de argentinos que veían como una utopía cambiar la realidad en aquellas elecciones.
El fraude, la persecución política y la violencia policial eran una maquinaria demasiado bien aceitada para soñar con un cambio. Estaba convencido que ejercer el derecho legítimo a votar sería tan inútil como en el pasado reciente.
Sin embargo, por conciencia ciudadana, aquella mañana decidió sumarse a las manifestaciones que exigían elecciones libres.
Las horas previas
Desde temprano, militantes y ciudadanos impedidos de votar comenzaron a congregarse frente al Comité Radical “Enrique Betolaza”, instalado en calle 9 de julio al 357.
Más de 500 personas aguardaban instrucciones y novedades sobre la posibilidad de votar libremente.
Un automóvil pasó frente al Comité. En su interior varias personas exhibían sus armas de fuego con el objetivo de provocar o amedrentar a quienes se manifestaban. Al frente del grupo estaba un ciudadano identificado con la militancia conservadora, que ocupaba un cargo público y actuaba como el líder de la operación.
Un segundo automóvil estacionó a pocos metros del Registro Civil donde se había instalado uno de los puntos de votación. Allí, un gran número de policías armados esperaban órdenes.
Rouede vio regresar al primer auto. Su líder agitando un revolver ordenó a gritos la desconcentración mientras sus secuaces apuntaban sus armas hacia la multitud.
La respuesta no se hizo esperar. Las ventanas del Comité se abrieron de par en par y desde su interior un grupo de militantes apuntó con sus armas largas a los provocadores.
Fue, entonces, cuando llegó la orden de disolver la manifestación.

El tiroteo
Pocos minutos después varios agentes llegaron al epicentro del conflicto desde varios puntos diferentes. Personas armadas se ubicaron en la vereda de un hotel vecino y en los vanos de las puertas de las casas de las inmediaciones, rodeando el edificio.
Como en una procesión, en silencio y con calma, parte de los manifestantes comenzaron a retirarse. Otros ingresaron casi de prepo al Comité Radical para resguardarse o defenderlo.
Fueron minutos de tensión y silencio.
No se sabe quién inició las hostilidades. Las crónicas de aquellos años indican que, luego de una arenga amenazante, se oyó el primer disparo y la balacera contra el edificio comenzó desde varios puntos.
La respuesta fue instantánea y desde la base radical se respondió a la agresión con violencia semejante.
Las primeras bajas
La mejor ubicación de los radicales, protegidos dentro de la propiedad, fue determinante y en la balacera caen muertos dos agentes policiales.
Ante la respuesta que recibían los atacantes desde el interior del edificio, la orden fue no retroceder, no dejarlos salir.
Sin más protección contra las balas que árboles y autos, haciendo caso omiso a las instrucciones los atacantes comenzaron a retroceder.
Sobre el Comité comenzaron a llover granadas de gases lacrimógenos que por impericia de quienes lo manipulaban o fallos en su accionar no fueron efectivas.
Envalentonados por incapacidad de sus rivales, el fuego radical se potencia y dos nuevos policías caen heridos.

En lo más álgido del tiroteo un policía se expuso a los impactos al cruzar frente al Comité montado a su caballo y disparando su revólver. Es alcanzado por un disparo en el pecho. El impacto lo desmontó y cayó al suelo muerto. El caballo siguió su camino a todo galope hasta perderse de vista.
La caída del jinete provocó el cese del fuego, pero refuerzos policiales siguieron llegando colocándose en posiciones estratégicas y listos para entrar en acción.
Mientras tanto, Rouede a resguardo, observaba como militantes conservadores recibían, constantemente, armas y municiones de autos particulares y de móviles policiales.
Ante la imposibilidad de quebrar la defensa que se ejercía, la policía se limitó a mantener su posición y el cerco al local partidario.
La balacera inicial dio lugar a disparos esporádicos. Mientras tanto se comunicó a los oficiales al mando que se aguardaban refuerzos provenientes de Bahía Blanca.
Los oídos atentos de Esteban Rouede fueron fundamentales para los siguientes acontecimientos. De alguna manera se las ingenió para llegar hasta el Comité y entregar las novedades.
Los líderes radicales previendo una masacre y la extensión del conflicto tomaron la decisión de negociar el cese de las hostilidades.
Cualquier militante que pudiese ser identificado como tal, tenía pocas chances de salir del edificio. El solo hecho de “asomar la cabeza” era su inmediata sentencia de muerte. La responsabilidad recayó en Esteban Rouede quien, sin dudar, se ofreció de intermediario.
Lentamente se fue acercando hacia el primer grupo armado. Alzó las manos en señal de rendición cuando decenas de armas apuntaron contra su humanidad.
“Vengo a negociar” – intentó gritar, pero su voz falló. “Vengo a negociar” volvió a sentenciar. Las armas que lo amenazaban, dejaron de apuntarle y aún con las manos en alza continuó acercándose.
Solicitó una entrevista con el intendente Bracco o con alguien del Ejecutivo, pero nadie estaba dispuesto a dialogar. Las negociaciones se establecieron con el jefe de policía de la Comisaría de Tres Arroyos.
El jefe de la policía exigió la rendición y entrega incondicional de todos los que se encontraban atrincherados.
Con esas únicas novedades, Rouede volvió hacia el Comité.
La propuesta fue rechazada por los militantes radicales. Entre ellos se encontraba el diputado Ricardo Rudi quien decidió comunicarse con el Juez en lo criminal Solá Patrón que se encontraba en Bahía Blanca.
Rudi le comunicó que solo se entregarían en su presencia para no exponerse a las represalias de la policía local. Tras la comunicación el juez decidió viajar hacia Tres Arroyos.
A partir de ese momento solo bastaba esperar. Unos, el arribo de los refuerzos para darle fin a la rebelión; otros, la llegada del juez que los librara de la situación.

Tensa calma
Cuando se difundió la noticia del arribo de un tren con nuevas tropas, conjuntamente con el Juez, el pueblo comenzó a manifestarse en las calles.
Nadie sabía con exactitud que estaba pasando. La información y la desinformación corrían a la par, pero todos, hablando o en silencio, participaban.
Arribado el tren policial, las fuerzas que conducía se dirigieron hacia el Comité Radical. Anticipándose a esta maniobra el Juez Solá Patron llegó primero y fue recibido por Esteban Rouede. Juntos ingresaron al local partidario.
Para ese entonces, la multitud cada vez más numerosa se agolpaba en la intersección de Colón y 9 de Julio.
La negociación duró varios minutos, el magistrado les dio garantías de que nadie sería maltratado, o sometido a ningún tipo de abusos por parte de los uniformados. Bajo estas condiciones los radicales decidieron deponer su actitud y entregarse.
Esteban Rouede le comunica al jefe de policía que ya todo estaba solucionado, que los atrincherados se entregarían al juez. Recibió la orden de avisarle a la gente que se desconcentre.
Caminó hacia la multitud. Más de mil personas esperaban novedades. Entre palmadas y felicitaciones hizo contacto con la masa.
Quizás los vítores y las gesticulaciones del gentío fueron confundidas con amenazas. Uno de los uniformados disparó una ráfaga con su ametralladora. El caos y el pánico se apoderó del pueblo. Hubo muertos y heridos.
Rouede al advertir las bajas corrió hacia el frente. La multitud le fue abriendo el paso. Alzó las manos por segunda vez.
