El objetivo principal de este Colorinches era contar la historia de nuestra “petit torre eiffel”, en una breve nota que poco a poco y casi sin querer, se fue estirando como un elástico. En primer lugar, por exigencias propias del oficio: toda nota periodística que se aprecie de tal debe tener un contexto y un marco.
El contexto es el entorno de los hechos, circunstancias y antecedentes de la noticia, clave para interpretarla.
El marco la forma en que se decide contar lo que se quiere contar.
Por puro entusiasmo de quien escribe esta nota cuenta, además con una yapa.
Algunos dirán que puro bla bla, otros; que “un cacho de cultura” nunca está de más. Sea como sea, arrancamos.
Contexto: ¡Hágase la luz!
En 1896 el químico vienés Karl Auer von Welsbach funda la empresa Auer.
Si bien la medalla, el aplauso y el beso de la historia se lo llevó Thomas Alva Edison cuando en 1879 hace público su gran invento, como fue la lámpara incandescente a base de un filamento de bambú carbonizado, fue nuestro buen vienés quien modernizó las bombillas eléctricas (los focos, bah!) e inicio la gran era de la luz eléctrica.
Karl Auer von Welsbach, experimentó durante más de dos décadas tratando de encontrar un sustituto más efectivo para el filamento de carbón.
Primero lo encontró en el Osmio y finalmente luego de innumerables pruebas, lanza al mercado una lamparita eléctrica con un filamento de hilo estirado de Wolfram, extremadamente más fino y resistente que el Osmio. Esta lamparita, en honor al proceso de creación se denominó Osram (de Os-mio y Wolf-Ram).
En 1906 Osram es registrada como empresa y en 1919 tres de las firmas más importantes de Alemania, AEG, Siemens & Halske y Deutsche Gasgluehlicht AG (Auer Gesellschaft), fusionan su producción de lámparas eléctricas y nace “OSRAM GmbHKG”” para convertirse en la empresa del rubro más grande del mundo.
En 1921 se funda la filial en la Argentina para la distribución de productos, llamada “OSRAM Limitada Compañía Sudamericana”. Es la segunda en todo el mundo para la distribución de sus productos, dedicada a la venta de lámparas importadas desde Alemania.
En 1935 se inicia la producción de lámparas incandescentes marca Osram en Argentina en una fábrica instalada en la calle Luca 2251 del barrio de Parque Patricios en Capital Federal, a metros de la Avenida Caseros.

Marco: “La Torre Eiffel tresarroyense”
No tendrá los millones de visitas anuales de “su mamá” en París, ni la altura de su prima hermana en Las Vegas, ni el valor arquitectónico de las aproximadamente 50 réplicas desparramadas a lo largo y ancho del planeta, pero nuestro Tres Arroyos querido cuenta con su “Torre Eiffel”
Instalada en la terraza del edificio de Grandes Almacenes el ABC (Maipu al 200) fue durante varios años, el punto más alto de la ciudad.
Su instalación no está ligada a ninguna iniciativa cultural, patrimonial ni mucho menos fue un proyecto ideado por grandes arquitectos o urbanistas. Simplemente fue producto de una mera campaña publicitaria y de marketing ideada por OSRAM.
Grandes Almacenes el ABC era por aquellos años el comercio más importante de Tres Arroyos y en ese “vendetutti” no faltaban las mundialmente conocidas lámparas Osram.
Fue durante la dirección administrativa del ABC de Don Jesús López Cabañas cuando Osram propuso instalar en los altos del edificio esta pequeña torre Eiffel con una lámpara en su parte superior con el único fin de promocionar sus productos.

Y eso fue todo.
Hubo en su momento, tratativas de la Sociedad Francesa para que la pequeña torre Eiffel fuera trasladada a la Plaza Francia, sobre todo luego del cierre del ABC, pero lo dificultoso de su desinstalación y la proclamación del edificio del ABC como Patrimonio Histórico que impide reformas en su exterior, dejaron sin efecto la idea.
Nuestra pequeña Torre Eiffel sobrevivió al paso del tiempo, a las reformas y a las nuevas construcciones y a la puesta en valor de aquel viejo edificio que la sostiene. Hoy, continúa imperturbable y vigilante formando parte de nuestra pequeña historia.

Torre Alicia, una réplica de la torre Eiffel en el corazón del Punilla
La Yapa: El “foco centenario”, padre de la “obsolescencia programada”
Las cosas no duran para siempre, aunque por error o en busca de prestigio, alguna vez sucedió.
En el Cuartel de Bomberos N° 6 de la localidad de Livermore, en California, Estados Unidos, en el año 1901, alguien colocó un foquito de luz que aún hoy, 125 años después, sigue prendido y en continuo funcionamiento.

Fue fabricado por la compañía “Shelby Electronics”. Hoy se la conoce como la “Bombilla Centenaria”. No solamente se ha convertido en una inimaginable atracción turística, sino que figura, como es lógico, en el Libro de Records Guiness, y además es un objeto de estudio de ingenieros y científicos.
Cuando los estándares de la época indicaban que los focos más efectivos eran capaces de iluminar durante 1.500 horas, este “Foco Eterno” lleva funcionando más de un millón de horas. Nunca fue apagado, salvo por breves interrupciones por corte de energía. (Los focos de LED modernos, pueden durar unas 25.000 horas con “mucho viento a favor”).
Algunos historiadores sostienen que su existencia fue el detonante de lo que sucedería 25 años más tarde.
En diciembre de 1924 un grupo de fabricantes de focos decidieron que la durabilidad de sus productos era un mal negocio.
Aquellos “nobles” empresarios: Franjo Hanaman (Tungsram), William Meinhardt (OSRAM), Anton Frederik Philips (Philips) y Owen D. Young, (General Electric) fundaron lo que se conoció como “El Cártel de Phoebus” (Phoebus: Febo, es decir, “sol”, “brillante” o “luz”) una organización cuasi secreta cuyo objetivo fue fabricar lámparas cuya durabilidad no supere las 1.000 horas de uso.
En realidad, hicieron mucho más que eso: conscientes de que eran las 4 empresas del rubro más importantes, decidieron “repartirse el mundo”, lo segmentaron en zonas donde cada una ejercía el monopolio de la fabricación, distribución y venta. Este pacto solo logró romperlo la Segunda Guerra Mundial, ya que estas empresas pertenecían a bandos enfrentados.

Nacía así la “obsolescencia programada”: la planificación del fin de la vida útil de un producto por obsoleto, por incompatible con nuevas tecnologías o por rotura, situación con la que vivimos a diario.
Usted ya lo sabe: cuando de golpe y porrazo, sin previo aviso, su celular, computadora, auriculares, licuadora o un simple encendedor no ande más; cuando el producto que compre tenga un enchufe distinto al que tiene instalado en su casa; cuando en el TV Smart deje de funcionar Netflix; cuando te digan “hay que cambiarle la placa” al lavarropas; o cuando, de un día para el otro, le hagan las cosas más chicas, más grandes, más anchas o delgadas, la culpa es de la lamparita del velador de su mesita de luz.
