Los que ya peinamos canas, si es que queda algo para peinar, fuimos los reyes de la resiliencia, palabra que se puso de moda hace algunos años, y que, sin conocer su significado, pusimos en práctica cada fin de semana de nuestra juventud.
Crecimos con el rechazo como opción casi segura, rebotando como pelotita saltarina de rincón en rincón, una y otra vez.
A base de escuchar un “No” uno tras otro, que nunca nos amedrentó ni nos hizo claudicar en nuestros intentos, forjamos nuestro carácter y quizás, tan solo quizás, habrán sido aquellas experiencias, las que nos han permitido hoy, sentir que la vida no es tan intolerante.
Cambia todo cambia, tal cual lo reflejamos en cada entrega de estos Colorinches tresarroyenses Pensar que todo tiempo pasado fue mejor es tan subjetivo como mirar un nueve o un seis de una u otra vereda, pero señoras y señores… nosotros teníamos los lentos y contra eso “no hay tutía”.
Bailar un lento era nuestro objetivo de cada fin de semana. Razón y prioridad de cada salida nocturna. Era un sí o un no con el cual pasabas de mendigo a millonario en un santiamén.
En nuestras recorridas de punta a punta por los boliches llámese Yamó, Spectrum, El Almacén u otros, íbamos “fichando”, arrimándonos y ubicando a “nuestra chica”.

Había señales previas, los más habitué, ya las conocían. En Yamó, por ejemplo, las luces negras se encendían minutos antes del inicio de los lentos, sabíamos que, a partir de ese momento, faltaban tres o cuatro “movidos” más, antes de los arrumacos.
Para los más osados, era la ocasión propicia para “echarle los perros” a la chica que nos gustaba (siempre se iniciaba por la chica que nos gustaba) entablar una charla amena y que “los lentos te sorprendieran en pleno chamuyo” o ya bailando, solía ser una de las estrategias utilizadas por los galanes de turno. Otros esperaban a que las luces se apagaran para envalentonarse.
Había dos tandas de lentos. La de las 3 y las de las 5. Dentro del grupo de amigos, se sabía de antemano que el que tenía suerte en los lentos de las 3, era candidato a perderse durante el resto de la noche, ya no se podría contar con él ocupado en otros menesteres.
El “turno” de las 5 y antes del cierre, eran la última opción de los que aún necesitaban un poco más de coraje para lanzar la invitación de un bailongo intimo a la niña de sus sueños, pero se corría el riesgo de que “la niña de sus sueños, tuviese sueño” y se hubiese “pirado” del boliche, flagelándonos, luego, por nuestra manifiesta cobardía.
Pero como los cobardes nunca hicieron historia hablemos pues, a lo que se enfrentaban los valientes.
No quiero
El “no despectivo”: ¿bailás? Ella te miraba de arriba abajo (en mi caso que mirara hacia arriba era como encontrarse con la nada misma. Mi metro y poco ya me ponía desde el inicio en clara desventaja). No – decía – y acompañaba esa rotundidad desviando la cara y la mirada en un claro “no te registro más, rajá de acá”.
Ese impiadoso rechazo se nos clavaba como un puñal en el corazón, nos íbamos de ahí sabiendo que no había nada que hacer, con el ego medio chamuscado. Ella se quedaba esperando a su príncipe azul y nosotros nos íbamos con nuestra ínfula de color primario medio desteñida.
El “No gracias” o "No gauchito" nos daba al menos la oportunidad de retirarnos con un poco más de dignidad, ya que esa simpática negativa nos brindaba la posibilidad de quedarnos al menos un ratito charlando, preguntar como quien no quiere la cosa, su nombre, saludarla de manera cordial y retirarse elegantemente con la esperanza de volver a intentarlo en alguna otra ocasión.
Sea como sea, el no nunca fue motivo de un desgarramiento interno que deje a nuestros valerosos galanes hundido en un rincón del boliche o ahogando las penas en alcohol. Era barajar y dar de nuevo, se respiraba profundo y de nuevo al ataque, a seguir rebotando como buena pelotita.
Como ya mencionamos la prioridad era la chica que nos gustaba y a partir de ahí nuestras exigencias podían ir en baja, elaborando una especie de ranking, íbamos al ataque con la segunda opción.
Las chicas
Situación inversamente proporcional en la mayoría de los casos, sucedía con las chicas que siempre esperaban la invitación “de su galán” o la posibilidad de “celarlos” bailando con otro cuando el muchachito en cuestión no acusaba recibo o se “pasaba de gato”, ignorando las señales que las chicas le enviaban.
Las mujeres, gustosas y conscientes de ser las reinas de la noche, con la altanería de saberse nuestras dueñas y señoras, jugaban a “hacerse las lindas” por propio merito o simple y sencillo desinterés.
“Estoy con una amiga”, “recién me pedí un trago”, “tengo novio” eran algunas de excusas más utilizadas cuando el galán de turno no cumplía las expectativas ni a golpe de vista ni bajo el radar microscópico que las mujeres suelen tener incorporado.
Deambular de una punta a la otra del boliche esquivando al “pesado” de turno, entrar al baño de la mano de una amiga para “huir” del enamorado era moneda corriente, aunque a la mayoría de nuestras chicas les bastaba un contundente y despectivo NO.
Y así se pasaba la noche. Los chicos intentando sacar a bailar a una chica para demostrar su “hombría” frente a sus amigos, y las chicas jugando a rechazar a la mayor cantidad de chicos posible para demostrar su “divinidad” frente a sus amigas.
Pero, a veces, los chicos teníamos suerte y la invitación era aceptada. Sin saber realmente si aquel SI era producto de nuestros genes de príncipe azul o por el hecho de que a la dama simplemente le gustaba bailar, aunque sea con cualquier desteñido (no tardaríamos en darnos cuenta) rumbeábamos hacia la pista.
Sí quiero
Una respuesta afirmativa abría tres escenarios distintos:
1) Salías a bailar y la mujer apoyaba sus manos sobre los hombros del pibe y estiraba los brazos. (Frío, frío, muy frío)
Si el chico era medio corto de tiro era un problema, porque sus bracitos jamás alcanzarían a tomar a la dama de la cintura y terminaba manoteándola de la camisa o remera con los puños cerrados. Otro problema era que las piernas se mimetizaban con la rigidez de los brazos y terminabas bailando con las piernas duras como la momia de “Titanes en el Ring”.

2) Las mujeres apoyaban las manos sobre los hombros del chico, pero dejaban los brazos entre medio de los cuerpos.
Esta posición prácticamente obligaba a los bailarines a mirarse de frente todo el tiempo, y por lógica, más allá del momento íntimo, podía llegar a suceder, que, por culpa de esa barrera, todo lo que suponíamos o veíamos como lindo a media luz, así, tan de cerca, los defectos propios y ajenos se acentuaban y la magia del bailongo se escapaba por la puerta de emergencia.
Era muy probable en esa situación, que en algún momento durante el baile el chabón intentara acercarse presionando la cintura de la chica hacia adelante, pero ella le clavaba los codos en el pecho y arqueará el tronco superior hacia atrás.
Y así estabas… tire y afloje… tire y afloje. La situación se repetirá una y otra vez. El pibe pensaba: “en algún momento tiene que aflojar, aunque sea por el dolor de cintura que debe tener con el cuerpo arqueado de esa manera…”.
Lejos de eso, ella no sólo seguía manteniendo su postura de contorsionista, si no que se despachaba con un contundente y lapidario “¡ay no pienses mal de mí, yo estoy bailando porque me encanta bailar!” y el pibe, en cambio, seguiría bailando con la frustración a flor de piel y porque lo tenían tan fuerte agarrado de la clavícula que el escape se volvía imposible.

Pero cuando la partenaire comprendía lo maravilloso de un baile íntimo, la cosa podía rozar lo mágico.
3) Ella con sus brazos alrededor del cuello de él… él abrazando la cintura de ella. Los cuerpos se balancean juntos, firmes, rítmicos, provocándose.
Empezaba un juego de descubrimiento mutuo, acariciándose la espalda de punta a punta hasta llegar a la nuca. Con el revés de la mano él acaricia la cabellera de ella, apartando algún rebelde cabello de su cara.
Fundamental resultaba, en algún momento, aspirar profundamente los perfumes, empaparse de aromas, que cada uno de los bailarines sienta que estaba siendo explorado con los cinco sentidos a la vez.
Algunos susurraban, así, como a las perdidas, alguna palabra en el oído de su dama … “mamarrachito mío” o cursilerías por el estilo que nos parecían grandiosas palabras de amor en ese momento o cantaban muy bajito y cerca de su oído la canción que sonaba y los unía.
Y mientras él sentía la cabeza de ella apoyada en su hombro; y ella la cabeza de él apoyada en el suyo… él…, muy suavemente, con un ademán apenas perceptible, empezaba a acariciar el cuello de ella con la punta de la nariz, para subir hasta su mejilla y quedar enfrentados… con los rostros casi pegados... mirando por escasos segundos fijamente sus ojos, convertidos en cíclopes.

Si ella te sostenía la mirada, el asunto parecía encaminarse hacia el “chape”; si ella la desviaba o nunca te miraba, había que seguir remando o ya todo estaba en el tacho. A veces, aunque ella clavaba sus piedritas de colores en nuestros ojos, la estrategia continuaba desarrollándose “a fuego lento”.
Como un muchacho tímido, él retiraba su rostro hacia un costado para volver a descansar la cabeza sobre el hombro de ella, reacomodando los brazos y abrazándola con más fuerza, dilatando el momento del beso añorado.
“¡Mamita mía! No me digan que no, no me digan que no.”
Después, si la cosa fluía y la química aparecía, todo podía suceder, o esa misma noche o en los días posteriores. Cesar “banana” Pueyrredón y su “Conociéndote” pasaba a ser nuestro guía y gurú.
Los chicos teníamos que demostrar que estábamos interesados en la chica.
Poníamos la “caripela”; todo era face to face. Para concretar una cita y volver a ver a nuestra chica, llamábamos por teléfono, tocábamos timbre a riesgo de ser atendido por una abuela sorda, un hermano guardabosques, una mamá histérica o un padre militar.
Y si no había teléfonos ni direcciones había que esperar hasta el próximo fin de semana para encontrarla o esperarla a mitad de semana a la salida del colegio, arriesgándonos a las burlas o risitas pícaras de sus amigas, o a un rechazo, por desinterés, vergüenza o “aires de diva” ante tamaño atrevimiento de nuestra parte, de presentarnos así como si nada a descolocar su existencia.

Pero si había que esperar hasta el siguiente fin de semana para encontrarla nuevamente en el boliche, ¡Madre Mía…La adrenalina que nos causaba la búsqueda era In-com-pa-ra-ble!
Encontrarse a veces, se convertía en una odisea. Ellas y ellos recorrían el boliche de punta a punta con ansiedad, al borde de la esquizofrenia que nos hacía verla o imaginarla por cualquier lado, andábamos como radares humanos sin prestar atención a lo que decían nuestros amigos; estábamos volcados exclusivamente a encontrar a la dueña/o de ese par de ojos que días atrás juraron volver a vernos.
Y si no se encontraban…cambio de rumbo. Se salía de un boliche para meterse en otro, llegando por el camino más directo posible y siempre por el centro, para intentar cruzarse y no desencontrarse por andar por distintos recorridos. Si no había suerte, volvías a casa triste, pero con la esperanza intacta de volver a verse.
Pero, si la suerte estaba de tu lado y por fin la divisabas a la distancia, cuando por fin te acercabas… intentabas descubrir en sus ojos y en sus expresiones si también te había buscado o si tenía ganas de verte.
Ahora es fácil: Celular, Whatsaap…: “¿Dónde estás?” – “En camino… ¿te espero?” - “Esperáme…” Y todo solucionado…
Te mandan chats calientes, fotos subidas de tono por Instagram, se juntan, se franelean y si te he visto no me acuerdo…se dejan por Facebook, se machean por Instagram…se putean por Whatsaap, y se dejan por Twitter porque cara a cara les da un poquito de vergüenza… o, lo que es peor para esta generación tan exhibicionista, porque si no nadie se va a enterar de sus andanzas amorosas.
Frío, frío, frío. ¡Muy frío, che! Será más directo, menos desgastante, una forma más digna de bancarse el rechazo y hasta una situación menos “histérica”, probablemente… pero nosotros teníamos los lentos.
