Una adolescente de 15 años denunció haber sido víctima de un violento ataque sexual durante la madrugada del viernes 30 de enero en el sector norte de la ciudad balnearia. Según su relato, fue abordada y maniatada en un episodio que ha generado una fuerte conmoción en la comunidad local de Miramar.
El ultraje tuvo lugar en una zona de playas agrestes cercana al arroyo El Durazno. Este paraje se encuentra actualmente bajo una minuciosa inspección judicial debido a su precariedad en términos de seguridad, caracterizada por la ausencia total de luminarias públicas, el complejo acceso nocturno y la falta de vigilancia en esa franja horaria.

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A diferencia de los paradores céntricos más concurridos, el agresor seleccionó un punto geográfico donde el paisaje urbano se desvanece. En este sitio, los elevados médanos funcionan como una pantalla natural que bloquea la visión desde la avenida costanera, transformando la arena en un "punto ciego" para los patrullajes preventivos que recorren la costa.
Finalmente, los investigadores remarcan el peligroso contraste que ofrece el terreno según la hora del día. Lo que durante el sol es un refugio buscado por familias y pescadores por su tranquilidad, al anochecer se convierte en un escenario de aislamiento absoluto y nula presencia humana, condiciones que facilitaron el ocultamiento del ataque.
Un escenario de vulnerabilidad y oscuridad absoluta
La ausencia de infraestructura urbana en este tramo de playa abierta genera una oscuridad absoluta al caer el sol. Este entorno de desprotección total no solo habría favorecido el acecho del atacante, sino que anuló cualquier posibilidad de defensa o pedido de ayuda de la menor, quien se encontraba veraneando en la ciudad junto a su familia.
En estas horas, la Fiscalía y los equipos de la Policía Científica concentran su labor en un exhaustivo peritaje sobre el terreno, caracterizado por su vegetación baja y la inestabilidad de la arena. El trabajo de los especialistas es una carrera contra el tiempo, ya que buscan preservar cualquier indicio en un ecosistema hostil para la recolección de pruebas.
La principal dificultad que enfrentan los peritos son las condiciones meteorológicas de la zona costera. El fuerte viento y el constante desplazamiento de los médanos en un área de mar abierto suelen borrar con rapidez huellas de calzado o rastros físicos, lo que complica la reconstrucción precisa de los movimientos en la escena del crimen.

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Pese a estos obstáculos, los investigadores mantienen la expectativa de recolectar evidencias biológicas en las inmediaciones del cauce del arroyo, elementos que serían determinantes para lograr la identificación genética del agresor. La zona del agua es vista como el punto con mayores probabilidades de conservar restos materiales del ataque.
De forma paralela, la Justicia ha extendido el radio de búsqueda hacia la periferia. Se están analizando minuciosamente los registros de las cámaras de seguridad apostadas sobre la Ruta 11 y en los ingresos a los barrios privados linderos, intentando detectar movimientos sospechosos durante la madrugada del viernes.
El objetivo central de estas pesquisas es reconstruir el trayecto del sospechoso y confirmar si realizó una "inteligencia previa" o seguimiento en este sector desolado antes de abordar a la adolescente. Mientras tanto, la conmoción crece entre los residentes y turistas de la zona norte de Miramar ante la gravedad de lo ocurrido.
