Mataron a su hijo recién nacido y lo arrojaron a un pozo de agua: los escalofriantes detalles de la autopsia
El caso del bebé de 4 meses hallado en un pozo de agua tras una muerte marcada por abandono y violencia genera impacto.


Bajo una improvisada cobertura de hojas, agua acumulada y una estructura precaria sostenida con cadenas y plástico, fue hallado el cuerpo de Dylan Groves, un bebé de apenas cuatro meses cuya corta vida estuvo atravesada por el abandono, la violencia y graves fallas de cuidado por parte de sus propios padres.
El caso se remonta al 10 de enero de 2019, cuando el pequeño nació en el condado de Scioto, en Ohio, Estados Unidos. Su llegada ya estuvo rodeada de complicaciones, su madre, Jessica Groves, ingresó al hospital con un avanzado trabajo de parto y signos evidentes de intoxicación.


Los estudios médicos posteriores confirmaron la presencia de sustancias en su organismo. Poco después del nacimiento, el bebé también dio positivo en el testeo: en su cuerpo se detectaron morfina, metanfetaminas, anfetaminas y fentanilo.
En estado crítico y con apenas semanas de vida, Dylan debió ser asistido con respirador y comenzó a atravesar un severo síndrome de abstinencia neonatal, con temblores, sudoración y una constante necesidad de contención. “Cuando no estaba dormido o en su cuna, yo lo estaba abrazando”, relató Andrea Bowling, la mujer que lo cuidó temporalmente bajo el sistema de acogimiento familiar.
Durante sus primeros días, el bebé permaneció bajo resguardo estatal. Sin embargo, apenas 12 días después, el 28 de enero, fue entregado nuevamente a su padre, Daniel Groves, quien había dado negativo en el test de drogas.
La decisión se tomó bajo condiciones específicas de supervisión médica, controles periódicos y la prohibición de convivencia con la madre, aunque esas restricciones no se cumplieron de forma sostenida.
La última vez que Dylan fue visto con vida ocurrió el 28 de marzo de 2019. Ese día, una visita oficial confirmó que el bebé estaba en brazos de su madre y, en apariencia, en buen estado de salud.
Sin embargo, poco después la situación comenzó a desmoronarse: Daniel dejó de presentarse a los controles establecidos, desapareció de los registros de seguimiento y se comprobó que había falseado información sobre su situación laboral.
Ante este escenario, se activaron las alertas de las autoridades. El hijo mayor de la pareja fue retirado del hogar y se puso en marcha un operativo de búsqueda urgente para dar con el paradero de Dylan.

El 10 de junio, la policía realizó un allanamiento en la vivienda y detuvo a Jessica. Horas más tarde, también fue arrestado Daniel. En un principio, ambos intentaron sostener la versión de que el bebé había sido retirado por servicios sociales, pero esa declaración resultó falsa.
Finalmente, y tras quebrarse durante el interrogatorio, el padre confesó bajo los efectos de las drogas que Dylan había muerto.
Según su primera declaración, el hombre aseguró que había encontrado al bebé sin vida en la cuna y que, en ese contexto, había decidido enterrarlo.
Sin embargo, esa versión comenzó a caerse rápidamente ante las inconsistencias. Tras varias contradicciones, terminó guiando a los investigadores hacia una zona boscosa, primero indicó un punto equivocado y, luego de ser nuevamente interrogado, señaló el lugar exacto donde había ocultado el cuerpo, un pozo de agua escondido entre la vegetación.
El operativo de recuperación fue especialmente complejo. El pozo era profundo y estaba completamente inundado, lo que dificultaba el acceso. Los rescatistas debieron utilizar ganchos y sogas hasta lograr extraer una estructura sellada de forma precaria, dos cajones plásticos unidos entre sí, asegurados con cadenas, candados, alambre y precintos.
En su interior había piedras, dieciocho en total, colocadas para evitar que el contenido flotara. En el centro, envuelto en múltiples capas de plástico y cinta adhesiva, se encontraba Dylan.
La autopsia posterior expuso un escenario aún más estremecedor. El bebé tenía un peso de apenas dos kilos y presentaba múltiples fracturas en ambos brazos, una pierna, costillas y el cráneo.
El informe detalló que algunas de estas lesiones eran de larga data, mientras que otras eran recientes. También se observaron indicios de golpes en la cabeza y el pecho, además de heridas cortantes.
De acuerdo con los forenses, las fracturas más recientes habrían sido la causa más probable de la muerte, aunque no fue posible establecer con certeza si Dylan ya había fallecido al momento de ser arrojado al pozo. A su vez, los análisis toxicológicos detectaron la presencia de sustancias en su organismo, lo que indica una exposición prolongada a drogas.
Durante el juicio, Jessica reconoció haber provocado las lesiones, aunque las describió como “accidentales”, sin aportar mayores precisiones sobre lo ocurrido. Por su parte, Daniel declaró que había sido testigo de situaciones de violencia, pero afirmó que, bajo los efectos de las drogas, no podía distinguir con claridad si eran hechos reales o alucinaciones.
Uno de los testimonios más impactantes fue el del hermano mayor, de 14 años, quien aseguró haber visto al bebé con “moretones violetas y negros” en la zona de la cabeza.
Finalmente, el 11 de enero de 2020, la Justicia emitió su veredicto. Jessica Groves fue declarada culpable de once cargos, entre ellos asesinato, y condenada a prisión perpetua sin posibilidad de acceder a libertad condicional.

En tanto, Daniel Groves fue absuelto del cargo de homicidio, pero hallado culpable de otros delitos, como encubrimiento y abuso de cadáver, recibiendo una condena de prisión perpetua con posibilidad de libertad condicional tras 47 años.