Durante años me pregunté cómo puede ser que en un país tan vasto y generoso como el nuestro exista la pobreza, la indigencia, y una clase media obligada a hacer malabares para llegar a fin de mes.
Siempre me inquietó esa sensación de anormalidad, de vivir en un país que, en lugar de seguir reglas claras, parece buscar atajos permanentes: fórmulas económicas improvisadas, decisiones políticas erráticas, soluciones mágicas que, más de una vez, nos han llevado al borde del abismo.
Esa pregunta me acompañó durante décadas
Y, sin embargo, la respuesta —o al menos una parte de ella— la tuve frente a mí desde hace más de cincuenta años. Me la dio un croata.
Corría el año 1973. Yo acababa de hacerme cargo de la empresa de mi padre, tras su muerte inesperada. Como suelo decir, mi primer trabajo no fue fruto de una entrevista ni de un concurso: me cayó encima como un piano desde un quinto piso.
La misma noche del velorio, el socio de mi padre, un ingeniero croata llamado Zlatko Puskovic, se me acercó con la serenidad de quien ha visto demasiado en la vida.
—Ahora te toca a vos —me dijo—. Hay que seguir.
Zlatko era un hombre curtido. Había atravesado la Segunda Guerra Mundial, había perdido amigos, patria y certezas bajo el avance del comunismo. Era de esos hombres a los que la vida les enseñó que el dolor no da tregua, y que detenerse a llorarlo, muchas veces, es un lujo que no se puede permitir.
Con esa lógica enfrentaba todo: sin dramatismos, sin pausa.
Así empecé a trabajar. A meterme en los problemas, a entender la empresa desde adentro, a aprender a golpes lo que nadie me había enseñado.
Un día, Puskovic me dijo que debíamos viajar a Rosario a buscar unos equipos. Salimos temprano y emprendimos el regreso por la ruta, cargados y cansados.
Fue entonces cuando nos detuvo un retén policial.
El agente se acercó con ese tono ambiguo, mezcla de autoridad y sospecha. Me pidió el carnet, revisó la documentación del vehículo y luego, casi como un ritual aprendido, comenzó a exigir elementos absurdos: barra de tiro, botiquín, mantas “para cubrir cadáveres”.
No era un control. Era una escena.
—No van a poder seguir —dijo finalmente, con voz firme.
Ahí, apelando a esa “viveza criolla” que tantas veces se confunde con inteligencia, pregunté:
—¿Cómo se arregla esto?
El policía sonrió, ladeando la cabeza.
—Tenés quinientas razones para arreglarlo.
Metí la mano en el bolsillo con una seguridad impostada… y descubrí que solo tenía doscientos cincuenta pesos.
—Esperame —le dije—. Voy a la camioneta y te traigo el resto.
Volví al vehículo. Zlatko observaba todo en silencio desde el espejo retrovisor.
—Zlatko, necesito doscientos cincuenta —le dije.
Me miró, serio, y respondió con su acento quebrado:
—Yo no pagar coima.
—No nos va a dejar pasar —insistí.
—No interesa.
Su respuesta fue seca, definitiva.
—Yo he estado en la guerra. Esto no me asusta. Vengo el lunes a buscar el auto. Sigo en colectivo.
Yo estaba inquieto, ansioso. Era viernes por la tarde, tenía planes, tenía vida. Pensé que ese hombre era capaz de dejarme ahí, en la ruta, por una cuestión de principios.
Volví hacia el policía.
—Mirá, no me quiere dar la plata… no sé qué podemos hacer.
El agente, sin dudar, manoteó los doscientos cincuenta pesos que yo ya tenía en la mano. Y, con una ironía que aún hoy me resulta insoportable, me dio una lección de moral:
—Que sea la última vez. Por ahora te dejo pasar.
Regresé apurado a la camioneta y retomamos el camino.
Zlatko no dijo nada. Permaneció en silencio, rígido, con la mirada perdida en la ruta. Pasó una hora, quizás más, sin emitir una palabra.
Hasta que finalmente habló.
—Mirá, Mundy… muy mal lo que has hecho. La corrupción va a destruir este país.
No levantó la voz. No necesitó hacerlo.
Hoy, más de cincuenta años después, esas palabras siguen resonando en mi conciencia con una claridad inquietante.
Porque tal vez, después de todo, la crisis nunca fue solo económica.
Tal vez empezó —y sigue— en esos pequeños gestos cotidianos, en esas concesiones que parecen insignificantes… pero que, sumadas, terminan definiendo el destino de una nación.
(*) Cuento cuyo autor es Mundy Abud. Empresario y escritor entrerriano.
