Cada dos años hay elecciones en la Argentina y, por tanto, en Mendoza. Cada dos años, vamos a las urnas para continuar con la democracia, para hacer uso de nuestro derecho y cumplir con nuestra obligación. Cada dos años, los ciudadanos dicen algo en ese sobre, pero pareciera que quienes deben escuchar no entienden qué voto cuando voto.
Hay quienes prefieren no votar. Si bien las estadísticas cambian si son elecciones que incluyen cargos ejecutivos o legislativos solamente o si son las recientes Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias, desde que retomamos la democracia, el porcentaje de empadronados que se presentan a emitir su voto ha ido decreciendo en Mendoza. En 1983, el entusiasmo convocó a poco menos del 90% de los electores mendocinos; en la década del ‘90 empezó a decaer y, aunque en este milenio ha bajado del 70%, en las PASO legislativas de 2017 votó 78,7% de los empadronados.
Otros ciudadanos no terminan de decidirse y sufragan en blanco o anulan su voto con diferentes estrategias -colocan boletas rotas o buscan personajes de la historia como San Martín o alguien que consideran que tiene lo necesario para ocupar el cargo que se vota-.
La decisión es difícil y uno trata de ver el contexto socioeconómico, las personas que se presentan, los partidos políticos a los que representan, las alianzas, los que fueron consecuentes con su campaña, los que se “panquequearon” guiados por su propio afán de poder, los pocos que manifiestan y actúan atentos a la vocación de servicio que supone abrazar la función pública.
Para esa llegar a esa decisión, el análisis se orienta hacia la gestión y hacia el sucesor designado cuando se trata de elegir cargos ejecutivos. Un análisis que va más allá de si se construyeron rutas o megaobras, un análisis que pone en la balanza qué pasó con las escuelas y la educación, con los hospitales y la salud, con el manejo de alguna situación particular que haya puesto en jaque a la población.
Pero si se trata de renovar los cargos legislativos de la Nación, la Provincia y/o el Municipio, la balanza se inclina a alguien que pueda interpelar al Ejecutivo de turno o al que pienso votar (en caso de que coincidan ambas elecciones). No busco a quienes pongan piedras en el camino per se, sino a quien cuestione y obligue a discernir para que las normas salgan en beneficio del bien común.
Es difícil sí, porque cada vez son más las decepciones que llevan a ese desánimo que amenaza con apoderarse de los ciudadanos comunes. Es que la elección está siempre entre los mismos patrones de partidos:
- partidos que hacen promesas que desde el vamos son imposibles de cumplir;
- partidos con un idealismo tal que rozan la ingenuidad, ésa que tenía a los 12 años cuando al ver la campaña del ‘83 pensaba que todos los candidatos debían trabajar juntos para forjar la Argentina de la paz y la libertad por la que peleaba cada uno para ganar votos;
- partidos que siguen echando la culpa al gobernante anterior;
- partidos que buscan un chivo expiatorio para justificar lo que hacia adentro no pueden justificar;
- partidos -que según el mito urbano- son tan centralistas y lentos en la toma de decisiones dejan pasar las mejores oportunidades de crecimiento o hacen aunque se quedan con una tajada.
Pero es difícil también porque ninguno de esos partidos -a la elección siguiente- se acuerda o se quiere acordar de lo que la ciudadanía expresó con su voto a cada uno de los que se postuló.
