A un año de su partida: el "exilio" en Córdoba que forjó el corazón del Papa Francisco
Vía Córdoba recorrió la Compañía de Jesús para descubrir los años de silencio, oración y servicio de Jorge Mario Bergoglio.


A un año de aquel 21 de abril de 2025, cuando el mundo se conmovió ante la noticia de la muerte del Papa Francisco a los 88 años, la ciudad de Córdoba respira un aire de nostalgia y gratitud. No es para menos: entre los muros de la Manzana Jesuítica, declarada patrimonio mundial por la Unesco, se esconden los secretos de un período fundamental que el propio Bergoglio definió como un tiempo de "purificación interior".

En compañía de Federico Sylvester, comunicador y cofundador de La Calesita de la Historia, Vía Córdoba se adentró en lo que era la Residencia Mayor de la Compañía de Jesús. Federico, quien conoce cada rincón de este sitio cargado de espiritualidad, nos guio hacia la mítica habitación número 5.

En un pasillo que da a un patio central, una puerta de madera simple marca el lugar donde Bergoglio vivió entre junio de 1990 y mayo de 1992. Es un espacio mínimo, de apenas ocho metros cuadrados, que hoy se conserva como un testimonio de su austeridad.

“En esta habitación, Bergoglio pasaba horas escribiendo y rezando. Aquí redactó reflexiones clave sobre una Iglesia 'herida y samaritana', que fueron las semillas de lo que años después conoceríamos como su magisterio”, explicó Sylvester.

La habitación, que ni siquiera contaba con baño privado, obligaba al futuro pontífice a recorrer el pasillo incluso en las madrugadas de invierno para higienizarse. “Él eligió la simplicidad absoluta; tenía un ropero con muy poquita ropa y dos pantalones gastados que ni siquiera dejaba que le plancharan”, agregó.
La vida de Francisco en Córdoba no se limitaba al claustro. Su fe se traducía en acciones concretas de servicio que aún resuenan en la memoria de los vecinos. Cada mañana, a las 6, Bergoglio ya estaba en pie para cuidar a los sacerdotes ancianos y enfermos, lavando sus sábanas y ayudándolos en sus necesidades más básicas.

Bergoglio se apostaba en la puerta de Caseros 141 para servir mate cocido y pan a los más necesitados. En ocasiones, la fila llegaba a tener más de 100 personas esperando el gesto humilde de aquel cura.
En patio central de aquella residencia jesuita, entre las arcadas y las plantas de Santa Rica, se puede imaginar aquella paz que rodeaba a Bergoglio. Lejos del aturdimiento de las grandes ciudades, el hombre aprovechó cada momento para aquella famosa “purificación interior”.

A un año de su partida, Córdoba no olvida a su confesor, al hombre que lavaba ropa y que, en la oscuridad de su pequeña habitación, consolidó el camino que luego conocería el mundo entero.